sábado, 27 de octubre de 2012

Lo que no puedo



         A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. Apenas pude conciliar el sueño, y a cada paso me despertaba soñando con que me encontraba encima de una losa rodeado por un sinfín de fantasmas, me hacían caras; miradas con ojos ictéricos   y gestos extraños que yo no sabía especificar, quizás expresaban desdén. Me entró un miedo que me paralizaba. Aquellas señales   me dieron muy malas espinas en el corazón confundiendo una impresión de gravedad inusitada  con otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de casa. Desayuné y estuve en mi cuarto leyendo. Aquel día no hizo más que llover.  La soledad me ha ido llevando al puerto, los libros que suelen estar encima de mi mesa cuando escribo son testigo de que no he caído en el lazo de creer  que la época de la juventud es sólo para divertirse y andar suelto por todas parte; son testigos de que mi juventud tiene una limitación. Algunas personas me preguntan- ¿Por qué esa necesidad de ponerte la limitación?- a lo que les contesto que no quiero que mi juventud sea una broma como les pasa a muchos, cuando llegan a la vejez se dan cuenta de que la habían vivido como una broma.

         He intentado varias veces ser como otros y no pude, hacer como los demás y no pude, hablar como ellos pero al último  no me atreví. Así es la vida, no hay la posibilidad de vivir dos destinos a la vez. Hubiera sido más triste siguiendo otro camino.  No tengo nada contra la gente, pero me fastidia ver las calles, las cafeterías, restaurantes, cines y  autobuses repletos de multitudes de gentes y las bibliotecas abandonadas- ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una biblioteca?  Cualquiera necesita darse un espacio de algunos minutos para pensarlo. Tengo un amigo en la biblioteca nacional, siempre voy por ahí y le pido una lista de los nuevos libros, me dice que han dejado de comprar libros porque la gente no ha vuelto a frecuentar mucho la biblioteca como antes. Me produjo cierta melancolía verla empolvada, abandonada, parece que llora por dentro. Salí de ahí y fui paseando, en medio de la calle me paré pensando en lo que ocurría, me dio una impresión de la continuidad de la vida y el acabamiento de aquella biblioteca.