sábado, 25 de febrero de 2012


La última despedida
“No es oro todo lo que reluce”
        
         Era domingo, me acababa de levantar de la siesta, me eché la cabeza bajo el grifo y sentí el agua fría chorreaba sobre mi espalda. Me acerqué a la ventana de mi estudio, la calle estaba desierta, todo inspiraba abandono. A veces suena el timbre y es la dueña del piso quiere pagarle el alquiler, o suena el teléfono y es mi amigo Farfán, o suena el despertador y son las seis de la mañana. Hacía mucho frío. Me puse mi abrigo y la bufanda, y me eché en la callé; solía darme un paseo por el muelle. Siempre trato de poner orden en el desorden y acostumbrarme a las sorpresas de la vida.
         Sepan señores que no soy caprichoso ni irresponsable. Algunos me dicen que soy transgresor y no sé por qué. Reconozco que carezco de un auténtico romanticismo pero eso no significa que no sea formal y romántico, aunque no lo crean. Sepan ustedes que la dicha pasa más de una vez por nuestra puerta pero nunca toca. Sepan señores, una cosa es lo que deseamos y otra es lo que suceda.
         Estaba sentado solo en un banco en el muelle, contemplaba el mar triste y solitario. Tenía a mi lado mi libro cuyo título no quiero compartir con nadie. He empezado a escuchar los silbidos del viento que producía el levante, no necesitaba dejar de respirar para oírlos mejor, además, creía que yo era el único quien los oía porque estaba solo. Siento sin querer la desolación, la torpeza y la amarga sensación de melancolía y soledad. Siento sin querer que estoy jugando la última partida, una partida en que si pierdes será la última despedida. Y lo cierto es que yo siempre estoy con los que pierden.
         Lo que yo quería en ese momento era cerrar los ojos y que me dejase llevar por el silencio que invadía y enfriaba mi alma. Entonces empecé a pensar en lo que había sucedido conmigo días atrás; desde mi encuentro con Salma en el hospital, recordando sus dulces sonrisas que daban esperanza y las impresionantes conversaciones que habíamos entablado a lo largo de mi estancia en el hospital. Salma era agradable, cariñosa, le faltaba un poco de estatura pero muy especial. Me enteré por dos o tres conversaciones que tuvimos de que era soltera y apenas había terminado sus estudios y empezó de lleno a practicar lo que había aprendido durante su carrera.
         Mi abuela siempre me decía que el verdadero amor es el amor espiritual, los poetas dicen que es el que nace en la primavera, otros dicen es el amor de la juventud, una chica me dijo una vez que hay que dejarse amar para ser amado. Dicen que el amor no avisa, no tiene edades, no tiene un determinado color, no tiene una sola manera de entrelazar las miradas y las almas. A consecuencia de mis experiencias, me pregunto frecuentemente ¿cuánta ilusión inolvidable he de vivir? y ¿cuánta ilusión me manifestarían aún todavía para poder entender bien a las mujeres?
Sonó el teléfono, metí mi mano en el interior de mi blusa gris y saqué el móvil. El número que aparecía en la pantalla no lo conocía, y no tenía ganas de contestar, pero volvió a sonar una y dos veces que me desesperó y por fin tuve que contestar.
-¿Sí? Dije.
-¿Podemos vernos? -oí una voz tierna.
-¿Quién me habla?- pregunté.
-Soy Salma- respondió.
-¿Puedo verte dentro de una hora?- preguntó Salma.
-Sí, estoy en el muelle- le contesté.
-Bueno. Ya vengo-añadió y colgó la llamada.
         Su voz transmitía la inseguridad e impaciencia. En realidad fue una sorpresa volver a saber de ella después de haber sido echado del hospital y habernos jodido su padre y yo. La llamada  no despertó en mí la curiosidad de saber cómo pudo conseguir mi número, porque sé perfectamente que las mujeres siempre se las arreglan para conseguir aquello que realmente desean.  Me esforcé para no pensar tanto en el porqué quiso verme. El sol de la tarde brillaba en la superficie dorada del mar después de un día nublado que duró un par de días.
          Abrí mi libro al azar y comencé a leer un fragmento que decía así: “……..A don Bartoche le asustaba la idea de tener que acabar algún día con la función de su personaje principal. Tanto que le había costado imaginarlo y darle forma sudando como alfarero noche tras noche ¡No! ¡Definitivamente no terminaría con la vida de Don Bartoche! Tal vez  sea mejor idea la de confinarlo al final de sus ideas a un orfelinato al cuidado de su enfermera favorita. Grande idea que debía darle vuelta.
         Esa noche Don Bartoche no pudo conciliar el sueño y debió consultar con la almohada. Dicen que la cama debe apuntar al norte para que la energía fluya más fácilmente y por eso reorientó los muebles de su cuarto totalmente para conseguir una mejor posición de sueño. Y en verdad valió la pena, porque nada más cerrar los párpados y la imagen de la enfermera favorita le entró en escena. Era más delgada de lo que la había imaginado. -No me llames suspiro dulce, le pidió con voz serena y trémula. Tenía la voz de los seres que por algún misterio caen del cielo a vivir en la tierra. -Llámame Salma, dijo mostrando una sonrisa a flor de labios. No eran sus ojos más que dos ventanitas por donde mirar el cielo infinito, pero algo le decía que aquellas pupilas que lo miraban de reojo, traían las huellas inconfundibles del amor. Sí, del amor a un Dios único y bien conocido. ¡No puede ser! Qué diría Don Bartoche si supiera que en sus sueños se desliza el aroma inconfundible de su enfermera favorita y más aún, su pasear elegante frente a sus pacientes salidos del quirófano.
         Fue una verdadera sorpresa encontrar a Don Bartoche encaramado encima de una ballena azul, clamando a los cuatro vientos, !tierra! !tierra! !tierra!, creyendo haber encontrado la inubicable isla de San Borondón o sea la isla del fin de la suerte.”
Estoy leyendo y poco entiendo, estoy leyendo y me digo qué experiencia tan terrible de encontrarnos de nuevo con quien ayer estuvimos y con quien ayer soñamos y reímos. Siempre he pensado que las novelas están para leerlas, reflexionar y no para construir gigantes ilusiones irreales.
         A media hora había aparecido Salma en el muelle, cerré mi libro. La estaba viendo venir, a cada paso su cuerpo se movía como una flor en el auge de su florecimiento, daba la impresión de que venía contenta. Entonces, pensé que nunca había visto en mi vida una flor como ella. Tenemos la misma edad, somos jóvenes, pero ella es optimista y soy pesimista, ella es enfermera y soy escritor, ella es activista y soy crítico, ella es cariñosa y soy cínico. Aparte de los puntos de divergencia, somos navegantes en un tiempo que cambia de postura incesantemente. Es cierto que la juventud, el tiempo y los latidos del corazón suelen estimular el grado de la esperanza. Sin embargo lamento haber otros matices que desfavorecen la estrechez de las relaciones amorosas.
Llegó salma y nos saludamos, se sentó a mi lado y me miró con una cara tersa y sonriente.
-Te he echado de menos, y lo siento por el problema que has tenido con mi padre por mi culpa- me dijo con un carácter del que está apenado.
-No te preocupes, ya sucedió lo que tuvo que suceder-le dije.
         Me habló de su familia, dijo que era la más favorita de sus padres, la mimaban y la dejaban hacer todos sus caprichos. Evocó las alegrías de su infancia, las poesías que escribió en su adolescencia, las aspiraciones de su vida estudiantil y las visitas a países lejanos que pensaba hacer-¿Sabes? Ahora siento que soy otra, sí otra Salma, totalmente distinta de la que era hace años y mi visión del mundo también cambió de la que tenía antes-explicó.-Tengo las mañanas ocupadas en la clínica y las tardes en el laboratorio y al concluir mi última clase de mis investigaciones frecuento el baile-añadió Salma.
         Mientras ella me hablaba, yo estaba contemplando el paisaje del atardecer; a lo lejos se divisaba el horizonte confuso, rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol que se dibujaban en líneas rectas en el cielo. El corredor del muelle estaba forrado de madera húmeda que inspiraba angustia. De pronto el cielo tomó un color siniestro, gris, sucio, surcado por las vagas estrías rojizas y la luz oscilante de los faroles se estremecía.
         Mi relación con Salma no había sobrepasado unas cuentas conversaciones, miradas y un par de sonrisas. Salma me gustaba; me gustaba por tener todo aquello de lo que yo carezco; alegría, optimismo y sentido del humor. Era habladora y generosa. Con ella, yo no oculto que me sentía contento. Por muchas razones que ahora callo, comprendí que existía en mí algo que no podía dominar; como si una cosa dentro de mí se desmoronase. Lo que sentía en mi interior era transmisible...Hasta tal extremo me había afectado su forma de ser. En realidad yo no estaba autorizado a hacerme responsable de una aventura cuyo final absolutamente desconocido.
         Salma me invitó a la fiesta de su cumpleaños que se celebraba en su casa. Eso fue lo que había querido comunicarme, y prefirió decírmelo en persona que por teléfono. Le comenté que no podía asistir; que no quería que mi presencia resultase escandalosa ante su padre. Me rogó  e insistió. Bueno, Acepté. A decir verdad, no me gusta que me rueguen, y ¡qué diablos soy para que me rueguen a mí! ¡Vamos! Acepté.
         El día siguiente antes de ir a la fiesta, fui primero a comprar un regalo especial para Salma. Luego regresé a mi piso. Tomé una ducha y me puse un traje que nunca había usado; era nuevo y me dirigí hacia su casa. Bueno, toqué a la puerta, abrió la criada y me cedió el paso. Había mucha gente, unos comían pasteles, otros bailaban y unas damas  sentadas observando. Salma estaba muy hermosa, elegante y deliciosa. No exageraría si dijera  que parecía una emperatriz rusa o Alicia en el país de las maravillas. Entregué el regalo a Salma y le deseé paz, salud y felicidad. Me dio las gracias con una sonrisa inolvidable.
En la fiesta me encontré con un poeta se llamaba Oscaro y me enfrasqué en una larga discusión literaria; hemos hablado de las actuales corrientes literarias y de las últimas publicaciones que han aparecido en el mercado…Había un grupo que tocaba música alborotada y cantaba una copla sin sentido:                                                       


Huye año y viene otro
¡Ay Salma!
Felices los que vienen
Felices los que van
Pisamos fuerte, fuerte
Contra tiempo pisamos
¡Ay Salma!
Huye año y viene otro

El padre de Salma saludaba a una pareja burguesa recién llegada. Cayó su mirada en mí, me vio fijamente. Yo pensé que estaba examinando los datos de su memoria a ver si se acordaba de mí. Lamentablemente, resultó cierto lo que me había pensado. Se acordó de mí. De repente se acercó furiosamente a mí, me miró con peor cara como si yo fuese demonio.
-¿Tú qué haces por aquí? -me gritó. Me echó la bronca en medio de los invitados, sentí humillado y lastimado. Me pidió que me marchase de su casa. Fue como una película que se rompe en la peor escena. Yo, señores, fui invitado por su propia hija Salma, sin embargo, ella no reaccionó, no dijo nada ni intervino, se quedó mirando la tragedia. Salí cabizbajo y disgustado. En el fondo sentía que el mundo se convirtió muy pequeño, como el grano de arena. El camino de regreso fue muy largo. Cuando llegué a mi piso me di cuenta de que estaba mojado hasta los huesos, comprendí que llovía mientras yo caminaba. Estaba claro que mi situación daba pena a quien me hubiese visto en aquel tremendo estrado.
         Unas semanas después, quiso Dios que me topase de nuevo con el mismo poeta a quien conocí en la casa donde fui despreciado en pleno público. Éste me expresó su indignidad por el mal trato que recibí y me informó de que Salma se casaría con  un médico. Yo no sentía ni tristeza ni cólera porque Salma se casara. Al contrario, me era indiferente; simplemente,  por como actuó en la desdichada fiesta de su cumpleaños. Lo que me exasperaba es que nunca se me había cruzado por la mente que las cosas acabasen así tal como sucedió. ¡Recuerden bien señores que una cosa es lo que deseamos y otra es lo que suceda!
         Lo que he contado hasta ahora no creo que haya bastado a ustedes para comprender el sonido que sentía producir mi corazón en aquella tragedia. Sepan señores que ahora recuerdo esto, y siento que algo baja de mi cerebro a mi corazón a conmoverme tristemente.





sábado, 31 de diciembre de 2011


     Contrastes de la vida
    
     Soy inconformista, descontento, nada me agrada en esta sociedad. Me parece que todas las cosas perdieron el valor estético, le dije a Sara que me miró con extrema curiosidad. Prefiero-añadí- vivir en el campo, vivir entre los árboles y los ríos, sentir verdaderamente el paso del tiempo y las estaciones, estar lejos de la hipocresía y de las mentiras, lejos de la envidia y las infinitas enfermedades sociales. Los hombres son absolutamente materialistas, no piensan más que en cómo ganar dinero, hacer crecer sus cuentas bancarias, adulan, complacen, soportan, en una palabra ¡lo que puede hacer un hombre por amor de unas miserables monedas! Y las mujeres son fastidiosas desde un punto de vista moral. Ya nadie desempeña el papel que le corresponde, nuestra sociedad vive bajo la incapacidad moral, es un caos. Mucha gente toma actitudes pensando que está desarrollando estratégicamente las condiciones de vida, sin embargo, ignoran que esta misma operación es una estrategia de una construcción destructiva.
     Créeme Sara, no estoy criticando a nadie, simplemente, trato de interpretar estas malas y desagradables circunstancias en que se encuentra la sociedad. Además estoy harto de leer las necedades que publican los insensatos periodistas. Algunos periódicos dicen estúpidamente que las cosas se mejoran y habrá soluciones para la crisis, dicen que se puede dar un salto hacia el porvenir con todas las fuerzas del pueblo. Yo digo ¿de qué  fuerzas habla esta gente? ¿Fuerzas de corrupción y de ignorancia? Esto no conduce a ninguna parte. Al leer estas necedades, el otro día se me ocurrió mandar una carta al periódico, pero pensé que no valía la pena. Me consideran un cínico pesimista, y no hay manera de que yo pueda convencer a nadie de que soy una persona sensata y seria. Seguro que abrir un debate con estos periódicos inmorales supone un fracaso polémico, como aquella polémica que había entre dos locos; uno asegura que es de día y otro que es de noche mientras que el asunto no es más que una tontería.
     Pero las cosas cambiarán para bien, debes tener fe y esperanza, me dijo Sara a lo que contesté yo - Por amor a Dios Sara, tú también me vas a decir esto, estas palabras me las sé de memoria. Mira, la verdad es que tenemos mala sociedad, naturalmente, no me refiero a la tierra, ni al clima, ni tampoco a los siete vientos. Repito que hablo de la gente inmoral, gente que carece de educación, principios, y de valores y responsabilidad. Por Dios Sara tenemos que ser un poco objetivos y no andar pintando las tristes verdades; el sistema educativo actual no funciona, no da resultados, las programaciones y los proyectos que pone el gobierno no se llevan a cabo, el ir y venir de los estudiantes a los institutos yo lo veo como el movimiento de los molinos de viento, al menos éstos reproducen energía, pero los estudiantes, ¿dime qué producen, barbaridades, golfería y analfabetismo escolar? tengo una completa desconfianza en esta sociedad. Pero no voy a maldecir la patria como hizo  Miguel de Unamuno cuando dijo “desgraciada la patria cuando no se puede hablar de la patria”. Al contrario, es cierto, yo amo mi patria, pero me duele lo que sucede y si digo esto, es porque soy nacionalista hasta los huesos y no permito a nadie que dude de mi nacionalismo.
     Si yo fuera pintor, le dije a Sara, quiero decir, si yo fuera uno los buenos artistas, pintaría nuestra sociedad como un huerto aletargado; los manzanos no dan sus flores, a los perales se les han caído los frutos pequeños que tenían con el granizo y los rosales no abren sus capullos, los árboles corpulentos se les ve carcomidos por miles parásitos que van a acabar con ellos bajo un cielo que se ha nublado definitivamente. Sería un huerto que le falta una vida interior. Sería un cuadro que da la impresión de gritar ¡Eh, señora sociedad! tenga cuidado. Lo está usted haciendo muy mal. Sara soltó una carcajada y me dijo que tengo una imaginación trágica pero divertida. Yo sabía perfectamente que eso de “divertida” lo ha añadido sólo para que yo no me molestase. Lo bueno de las mujeres es que en sus discursos siempre procuran cuidar sus palabras e intentan producir bellas expresiones. Realmente valoro mucho este punto. Nada de trágico, le dije a Sara con un tono melancólico.  De pronto sonó su teléfono móvil, contestó y me dijo que era el profesor con el que desarrollaba su tesis doctoral, le pidió que asistiese obligatoriamente a una conferencia que él haría en el museo nacional. Sara me dijo que ya  no tendría más remedio que viajar, regresar a su ciudad, ya era tiempo de despedirnos. La verdad después de la llamada vi en los ojos de Sara una tristeza que no solía notar a lo largo del tiempo que estábamos juntos, sentí que le invadió una melancolía total, cuando me comentó que ya se iría, yo me quedé callado, no dije nada, y tampoco tenía nada que decir, sí, callado como una losa al borde de un prado esperando a que aparezca una ninfa  para sentarse sobre ella y así puede sentir el valor de su existencia, un prado donde las ninfas no pueden vivir.  Sin darme cuenta Sara se lanzó sobre mí, me abrazó fuertemente y sentí una lágrima que corría en sus mejillas, luego volteó, abrió la puerta y se ha marchado.
     El tiempo que estuve en el hospital me atendieron muchas enfermeras, pero fue sólo una la que pudo acercarse mucho a mí, era bonita, una persona amable de un aire fino y poco desvaído, era curiosa e inteligente. La chica se llamaba Salma, tenía la aspiración de salir, de viajar por el mundo, de ir a los países del sol. Siempre que le tocaba atenderme,  sentía yo que lo hacía como si fuera para ella una diversión, sonreía mucho y hablaba poco. Cuando supo que soy escritor empezó a entablar abiertamente conmigo conversaciones sobre muchos asuntos. Era preguntona, porque no dejaba de hacerme preguntas acerca de mi persona. Pronto Salma no volvió a aparecer, la cambiaron por otra enfermera que me trataba con seriedad como si yo fuera un soldado que regresó herido de los campos de concentración. Le pregunté por Salma y me dijo que la mandaron a otro departamento. También le pregunté el porque de este brusco cambio, me dijo que Salma era la hija del director general del hospital y entre el personal corrió la voz de que había una relación entre Salma y yo, por lo que su padre la alejó al quirófano. A los dos o tres días, vino el médico a decirme que yo estaba bien, que ya podría salir. Entonces, entendí que me despiden del hospital con el pretexto de que yo coqueteaba a la hija del director general.
Yo, señores, que soy un hombre que ha tenido la desgracia de vivir en una sociedad donde la palabra y la influencia de hombres de poder están por encima de todo, y hasta de las leyes. Con este motivo escribí una carta al director tratando de demostrarle que no  había ninguna relación entre su hija y yo, que no era yo quien le coqueteaba a su hija, sino ella la que me conquistaba a mí con sus preciosas palabras ¿qué culpa tengo yo, le decía, de que la señorita Salma tenga un carácter angelical y de que su voz sea más suave que el susurro de las abejas? Claro, si yo fuera hijo de un hombre de poder no me tratarían así aunque  hiciese el amor a la hija del director general del hospital. Pero soy un desgraciado escritor cuyas obras nunca  llegarían a las bibliotecas de gente de prestigio y poder. Estoy seguro que el padre de Salma no llegó a leer mis obras, mis historias para poder conocerme de verdad. Casi nadie me conoce porque soy simplemente narrador de historias cuyas razones a nadie le agrada saber. Todos mis argumentos, no sirvieron de nada, el padre de Salma (el director general del hospital) me contestó en una carta diciéndome que, además de ingrato, yo era un impertinente, de una imprudencia repulsiva. La verdad es que no comprendí por qué me dijo aquello, que no pude entender por más que leía y relía la carta. ¿Acaso quiso ofenderme?
     Después de leer muchas veces la carta y reflexionar sobre el contenido, he llegado a la conclusión de que la felicidad consiste en ser indiferente, no hacer caso a lo que diga la gente, sin embargo, eso es un poco complicado porque supone tener previamente tres cosas elementales: una buena autoestima, auto-crítica y saber dominar bien las sensaciones repentinas.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Hoy al amanecer, salió Don Bartoche en su caballo, con su espada y escudo y celada buscando empresas . En medio del desierto bajo el sol irritante, se sienta bajo una palmera y saca su pluma dorada y se pone a escribir una carta a Sara contándole sus hazañas y las noches que durmió en cuevas y páramos.



lunes, 12 de diciembre de 2011


Odio injustificado

      Las horas en el hospital fueron alegremente rápidas. Sara estaba todo el tiempo conmigo, me cuidaba y a cada rato me preguntaba si necesitaba alguna cosa. Que yo hubiese expuesto mi vida por ella. De cuando en cuando las enfermeras me inyectaban para dormir y no sentir dolor en el brazo. Era como vivir un sueño meramente real del que pronto tendría que despertarme. Me encontraba en un estado de impresionalidad y sensibilidad extraño, cualquier cosa más insignificante me producía un arrebato de cariño y de odio.
      En medio, pues, del alboroto total que imperaba en el hospital, yo estaba imaginando vertiginosamente que aquel episodio desagradable podría haberme ocasionado un grave daño o la más estrecha y peligrosa desgracia. No soy maestro de artes marciales y no estoy en condiciones de creer que hubiese utilizado aquella táctica o tal estrategia. Reconozco que Salí herido de mi lucha contra el vagabundo, pero no fui vencido. En todo caso yo había luchado como Dios manda, de modo que no he de preocuparme por lo que podría decir la gente que llegue a enterarse de mi desventura. Además, me importa un bledo. Digo esto, simplemente porque los estratos más profundos de mi conciencia están en el clímax, y así no voy a detenerme en pequeñeces cuando soy capaz de hacer lo que otros no pueden hacer en general.
      Quería mover el brazo, pero el brazo no obedecía, intenté moverlo de nuevo, tampoco reaccionaba. Había concentrado toda mi atención en el brazo, lo observaba, hice un esfuerzo pero vi que mi brazo no me obedecía, inerte, como si las líneas de conexión entre mi cerebro y mi brazo estuviesen rotas y me poseyó un miedo muy intenso. De pronto me desperté con un inmenso sentimiento de temor y angustia, estaba sudando y una tremenda ansiedad  me consumía. Comprendí que era una pesadilla, observé mi brazo por unos instantes luego lo moví y reaccionó, pues respiré profundamente en siete tiempos y sentí relativamente un frío alivio que me invadía. Miré a mi derecha y me di cuenta de que Sara me estaba observando, sonrió y me dijo que el médico le había informado de que no era algo grave y que no me preocupase.
      Pedí a Sara que me trajera algún libro de una librería cerca del hospital porque necesitaba distraerme, necesitaba leer, necesitaba alimentar mi cerebro con la lectura, me considero un fanático lector. Mis lecturas diurnas y nocturnas para mí son unos indispensables ritos.
      Tengo miedo de que muera antes de leer una cantidad considerable de libros, novelas, crónicas y tomos de obras completas. Puede que parezca una idiotez para los retardados mental que nunca han llegado a sentir el placer y el gozo de la lectura, pero para mí es una de las idioteces que me conmueve y jamás abandona mi pensamiento.
      Desde los doce años lo único que leía eran historietas de moraleja. No sabía nada de novelas y crónicas. Los personajes eran siempre los mismos: princesa, rey, príncipe, soldado y jardinero. ¡Qué sensación de verdad se siente leyendo una historieta cuyo protagonista es el hijo del jardinero que sueña con ganar el corazón de la princesa y vivir en el castillo como un príncipe!
      Pero a los dieciocho años empecé a leer todo lo que me ilustraba sobre la historia y naturaleza humanas y también sobre los problemas sociales y metafísicos, y así mi espíritu empezó a joderse cuando comencé a explorar las desagradables verdades del mundo. Cada vez que abría alguna página no encontraba más que guerras, torturas, matanzas, degüellos, golpes de estado, conspiraciones e inquisiciones, cosas que preocupan al demonio. Pues, y hasta se me ocurrió que el mundo está lleno de canallas y habría que inventar algún parámetro que pudiera detectar la canallería en cada individuo y medirla con exactitud para descontarle a cada uno la cantidad que merece ser descontada.
      Sara fue a por lo que le había pedido y me quedé con la enfermera a solas que por lo visto no sabía más que cambiar vendas e inyectar a los enfermos. Detesto a las mujeres gordas y la enfermera que me atendía con una solicitud de amiga, era inmensa, gordísima metida en un uniforme de talla estándar que parecía hecho para una mujer normal, exhibiendo su pecho enorme que se temblaba a cada paso. Estaba colocando un tubo de goma blando y transparente donde circulaba un líquido sin color. Yo la observaba con tristeza y dolor, ella me sonreía con caridad y yo la miraba con desdeño y desprecio, ella me cuidaba y yo la odiaba sin razón. La verdad recorrí todos los rincones invisibles de mi sentimentalismo para ver si había amor hacia las gordas o cualquier otra clase de sensaciones que no fuera desdeño, nada, no había. En mi interior yo ardía de rabia y nerviosidad porque me había resultado difícil ser hipócrita y sonreírle a ella. Podría admitir ser amable con ella, desde luego, tratarla con respeto como Dios manda. Pero era absolutamente inadmisible para mí desempeñar el papel de un estúpido hipócrita. Siempre me presento tal como soy y no pretendo fingir o ser de otra manera como hacen los de doble cara. Puede que les parezca a ustedes que soy un canalla que tiene un pensamiento extremadamente estrambótico, pues, sí, quizás tengan razón, simplemente trato de ser sincero y mostrar las cosas tal como son, al menos no me engaño ni tengo la intención de engañar a nadie, ésa es mi naturaleza y la realidad ante todo. Repito que soy un canalla para que vean hasta qué punto el hombre es susceptible de formular prejuicios y odio injustificados.
      Yo odio a las mujeres gordas, el otro odia a las flacas o negras ¿y usted lector a quién odia? Pues es una locura ¿qué sería de estas pobre mujeres, qué culpa tienen para ser odiadas sin razón? Esto no existe en ninguna religión y en ningún libro sagrado. Sólo existe como filosofía de los racistas. Pero yo no soy racista, soy también víctima de ese odio irracional.
      Esa sensación empecé a tenerla cuando aún estudiaba en el colegio, cuando aún era un niño que no sabía lo que era odiar. El caso es que en el colegio teníamos una maestra bastante gorda, nos impartía clases de matemáticas. Era una tía muy dura y mala persona. Nos castigaba, nos daba palizas sin tener el mínimo sentimiento de piedad, y para colmo nos amenazaba con castigarnos duramente si alguien se atreviese a contarle a su familia algo de lo que sucedía en la clase. Como yo tenía mala memoria, me era difícil aprender las reglas y la tabla de multiplicar, además, se me olvidaba todo al estar frente a ella de modo que yo era el más castigado, siempre salía molido, era el más desafortunado, no digo de la clase sino de todo el colegio. A decir verdad yo la veía como un gigante, una bruja. Odiaba ir al colegio, odiaba las matemáticas y llegué a odiar a las damas gordas por culpa de aquella maestra.
      Durante años intenté deshacerme de ese odio y desmontarlo, pero nunca pude superar esa sensación de rencor que se despertaba en mí cada vez que me encontraba con mujeres gordas. Es casi imposible que una obsesión tan profunda como la que tenía con respecto a las gordas no la hubiese manifestado. Todo esto es clarísimo, pero ¿quién va a creer en los argumentos de un hombre que detesta a las mujeres gordas? Hay todavía algunos argumentos de cuyo índole personal, que no vale la pena que yo escriba, pues cada individuo tiene su compleja obsesión imborrable que perturba su vida normal, lo que demuestra que el ser humano a veces se convierte en un ser irracional cuando se deja llevar por las sensaciones  imperiosas e incontrolables.
      En fin, dejémonos de obsesiones y volvamos al hospital donde guardo la cama porque Sara ya había llegado, me trajo un libro cuyo título “El museo de la inocencia” de un escritor turco…


viernes, 25 de noviembre de 2011


La lucha contra el vagabundo

      Habíamos acordado a las cuatro y media en un café un poco lejos del muelle. Era una tarde muy particular, el sol había empezado a desaparecer tras las nubes dejando sus últimos rayos que se divisaban detrás del horizonte. Sara estaba de excelente humor, y tenía ganas de platicar incesantemente acerca de sus tareas, sus glorias y  sus planes futuros, hablaba con jactancia como cualquier joven que soñaba con conseguirlo todo. Utilizaba un vocabulario tan amplio que me producía admiración y curiosidad, se expresaba con un lenguaje cautiverio, no estaría exagerando si dijese que me había cautivado, sobre todo sus miradas. Comprendí de pronto que Dios dio a las mujeres unas cualidades especiales de las que carecen los hombres. Pero esto no significa que sean superiores, ni lo contrario. Entre un hombre y  una mujer hay una relación de complementariedad; cada uno es como es y no tiene que ser de otra manera,  y bastemos de filosofar.

      Sara hizo girar la taza de café entre las manos mientras el vapor le subía hasta el rostro, la bufanda azul que llevaba en el cuello le daba un carácter angelical; muy agradable de contemplar. Me llamó la atención que fuera tan hermosa, atractiva y  me sorprendió que no me hubiese dado cuenta antes de ello.

      Sara me había hecho ciertas preguntas acerca de mi biografía, le dije que mi padre era profesor de filología y literatura, descendía de una familia siria que vino a instalarse en la costa del mediterráneo en el siglo XVII. Sucedió que habían llegado tres hermanos sirios al norte de África, en aquella época no había la ley de las fronteras que podría limitar el desplazamiento de los individuos. Las gentes salían de Damasco (Medio oriente) pasando por Líbano, Egipto, Libia, Túnez, hasta Argelia; (tierra donde estuvo encarcelado Miguel de Cervantes) sin que nadie les detuviese para preguntarles adónde iban, ni pedirles pasaporte cosa que aún no existía en aquel entonces. Uno de estos tres hermanos bajó al sur, el otro  estuvo un poco tiempo aquí luego volvió a Damasco, y el último decidió quedarse definitivamente en Tetuán. ¿De modo que tú desciende de éste que posiblemente le encantó el clima, el ambiente y las mujeres? Me interrumpió Sara con una sonrisa que iluminaba sus mejillas como agua cristalina. –Sí, le contesté.

      El hombre por naturaleza es curioso y ambicioso, siempre aspira descubrir todo lo que desconoce, por eso no veo que la llegada de mi difunto a esta tierra fuese por casualidad, (como suelen explicar los historiadores en las crónicas). Te diré que no creo en la casualidad, ni tampoco en la coincidencia; dos términos que no existen en mi diccionario. ¡Vamos, Veamos el caso nuestro! Tú y yo nos conocimos en el tren, y ahora nos encontramos de nuevo en esta cafetería, a esta hora, el veinte dos de febrero, invierno. ¿Crees que todo eso es casualidad o sea coincidencia?  Sara quedó asombrada, vacilante, pero alegre, me escuchaba atentamente y no supo qué contestar. –Pues no, le dije,  -sencillamente es cosa del  destino,  añadí.

      De pronto entró un hombre a la cafetería y lo vi dirigiéndose hacia nuestra mesa. Era moreno y pecoso, de nariz aguileña, cuyos ojos amenazantes. Su cara era de pirata, muy seria y nerviosa, su aspecto era inquietante. Apenas había siete personas que ocupaban mesas en el fondo de la cafetería, Sara y yo éramos la única pareja que estaba allí. Pues llegó hasta nuestra mesa, miraba directamente a los ojos de Sara por unos momentos, luego sacó de su bolsillo una pulsera de oro blanco y se la tendió a Sara. A mí me había ignorado definitivamente, supuse que me había tomado por invisible. Para colmo, mientras exponía a Sara el artículo, echaba fugaces miradas de soslayo como si le persiguiese la policía. El caso es que quería vender esa joya que posiblemente haya sido robada. No se limitaba a explicarle solamente el artículo, intentaba convencer a Sara de que lo comprase. Enseguida comprendí que era adicto a las drogas, ladrón y quería conseguir el dinero de cualquier manera. A continuación, vi que el rostro de Sara se puso pálido, asustado. Sin darme cuenta me levanté y le dije caballerosamente que se largase, me miró pero no me hizo caso. – ¿es que no entiende lo que digo? Lárguese de aquí por favor, le  dije. Hay una categoría de gente que no entiende con palabras, y el tío era de ese tipo. Acto seguido, lo arrastré violentamente con mis manos, el vagabundo se vio lanzado al suelo a unos dos metros de nuestra mesa, metió la mano en el interior de su americana cuyo color parecía desgastado por el sol y la humedad del océano atlántico. Estaba claro que no sacaría ningún otro artículo o joya para vendérmela. En las guerras las actividades comerciales se paralizan y todos recurren a las armas, pues el vagabundo y yo estábamos  en estado de guerra, de modo que en ese momento ya no se trataba de artículos o joyas porque la cosa ya se había jodido. Efectivamente, sacó una navaja larga de doble filo y se dispuso a atacar. Sara dio un grito que estuvo a punto de desmayarse, y su corazón latía como un martillo en el pecho.

      Don Quijote salía buscando empresas de batir, andaba buscando con quien luchar, cosa que indudablemente le convenía porque era hidalgo,  pero yo no soy hidalgo ni busco contiendas. Siempre he sido partidario de la paz y en contra de la guerra, nunca se me había pasado por la cabeza hacer daño o acometer algún agravio a la gente. Por desgracia, se dio el caso y no tenía más remedio que luchar contra aquel vagabundo de cuya táctica no sabia absolutamente nada. Me veía obligado a luchar por mi dignidad, por mi libertad que fue agredida, luchar como un buen ciudadano que sufrió el agravio de la falta de respeto en medio de la ciudad, en un lugar público. Tenía las mil y una razones para luchar contra aquel vagabundo armado.

      En la cafetería había un tremendo silencio, el espectáculo era frío y encapotado. Todos los que estaban presentes se habían puesto atentos esperaban a que sucediese algo. A decir verdad yo no tenía miedo, en ese momento pensé únicamente aplicar la teoría de quien ataca primero vence. Bruscamente me lancé sobre él, y le pegué un puñetazo en la cara intentando quitarle la navaja, como yo estaba en mala posición entonces me la hundió por el brazo. Sentí escalofríos por todo el cuerpo y un dolor violento en mi brazo. Sara empezó a gritar y llorar desesperadamente. El vagabundo escapó fuera de la cafetería amenazando con la navaja a que le abriesen el paso y echó a correr hacia el sur de la ciudad. Sara sollozaba pidiendo a los espectadores que llamasen a la ambulancia, mientras me vendaba el brazo con su bufanda azul celeste. Vi mi sangre cómo manaba de mi brazo y corría por el suelo.

      No me di cuenta cuando me metieron en el coche y me llevaron al hospital, quedé rendido. Cuando abrí mis ojos, me hallé rodeado de dos enfermeras; una flaca de ojos oscuros, se parecía a la esposa del chivato del barrio, y la otra un poco gorda pero hermosa como mi amiga Itsel. Comprendí  que estaba en el hospital y sentí que mi brazo ardía. Estaba mirando a la enfermera que me cambiaba la venda, se parecía bastante a Itsel, procuré preguntarle sobre su nombre para asegurarme de que no era ella. Fue cuando se abrió la puerta, entró Sara con una rama de flores, yo no sabía si eran silvestres o orquídeas. Me regaló una sonrisa y pasó su mano por mi frente, sentí contento y le susurré que en la vida, muchas veces, no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos o si son los acontecimientos los que le arrastran a uno. Era una frase que había leído en un libro.

jueves, 17 de noviembre de 2011


Ismael Bellí y el cementerio de los libros
     
      Permanecí inmutable, sorprendido, boquiabierto por unos momentos, observando el sitio fabuloso donde me encontraba. No era lo que se dice una biblioteca, era un cementerio de libros. He frecuentado muchas bibliotecas, pero nunca había visto alguna semejante a ésa que poseía Ismael Bellí. Era  difícil hacer una aproximación de la cantidad de los libros de los cuales constaba ese cementerio.

      Me había acordado de Sara, y deseé con toda mi alma que le hubiese invitado a acompañarme para descubrir juntos la existencia de ese lugar tan misterioso. Pensé llamarle para que viniese, pero no tenía su teléfono, además, ella debió de estar dormida, me dije.

      A través de la ventana se veía pasar sombras opacas con una rapidez de sueño. Adentro, en el cementerio de libros, había poca luz, el ambiente inspiraba tristeza, angustia, sufrimiento y una inmensa fatiga de vivir. Todo indicaba la vejez, el abatimiento y la muerte.  Ismael había encendido su chimenea, envuelto en un abrigo negro, era un viejo pálido y extenuado, su mirada fría parecía no ver lo que miraba, sonreía con amarga tristeza, su aspecto respiraba decaimiento y el cansancio de los años. Una inmensa angustia se leía en su rostro y sus movimientos manifestaban una incomprensible esperanza.

      Había muchos libros esparcidos en el suelo, cogí un libro, era de Galdós, cuyo título era “la sombra” quité con la mano el polvo de siglos que llenaba la portada y  contraportada del libro. Ismael vivía solo en ese cementerio, seguro que no vivía ninguna mujer con él. El polvo es testigo de la soledad, y la soledad es la suerte de los espíritus excelentes, pero es terrible para un anciano. Me tendió una caza de café, y se  sentó en un sofá cerca de la chimenea, calentaba su cuerpo enflaquecido. Le pregunté si había leído todos esos libros, me contestó que sí. Me quedé asombrado, y pensé en ese momento que este viejo se había pasado la vida leyendo libros y no hacía otra cosa. Me dijo con un tono de fatiga y angustia que en otras épocas la gente leía mucho, había una preocupación literaria, era una preocupación de un medio bastante restringido. Los escritores vendían miles y miles ejemplares de cada nueva obra que se publicaba.
-Hoy los escritores, digo si hay buenos escritores, son desconocidos. En parte, la culpa es de la prensa (el demonio del cuarto poder). Los periodistas se volvieron comerciantes, ya no tienen preocupación literaria como antes, por lo tanto la fama de los escritores no trasciende. Esto significa que el oficio de escribir libros conoce una tremenda decadencia, y no puede subsistir en este país si la cosa sigue así. Tomó un sorbo de café, viendo cómo subían en el aire los espirales del humo de su pipa y añadió-Los periodistas siempre están dispuestos a participar en el juego político, olvidándose del papel que normalmente deberían desempeñar, y así los escritores no podrían ganar dinero. Y el colmo es que con este sistema político (el capitalismo) nos habían enseñado a ser más consumidores que productivos. Cuanto mayor fuera nuestro consumo, tanto más se beneficiarían de ello los empresarios y los políticos. No estoy en contra del espíritu burgués, pero tampoco a favor de que se domine a la población.
-¿Usted cree que eso es difícil de modificar? ¿Como se va a arreglar el problema?-pregunté yo. Creo que por ahora, de ninguna manera, es como las empresas que se imaginaba Don Quijote-siguió diciendo Ismael-Tendría que cambiar las ideas políticas y económicas para cambiar la sociedad. Mientras no haya cambio hacia la veracidad, cosa que de momento no se ve posible, la transformación no se puede realizar.
      Su comentario sobre ese tema me produjo una inexplicable melancolía, pero sus argumentos eran razonables, y yo estaba totalmente de acuerdo con él. Sin embargo esta razón no es del todo convincente para el medio social. Hubo un momento de silencio, entonces yo empecé a tomar serios sorbos de café contemplando a través de la ventana el tráfico del pueblo y las casas adosadas. Soplaba un viento cortante, estábamos a tres bajo cero, el mal tiempo mantenía las calles momentáneamente desiertas.
     
      En un determinado momento miró  su reloj de pulsera, se levantó y me dijo-Bueno chaval, ¡me disculpas! Voy a tener una visita, si no te importa vuelve mañana. La verdad es que me dejó abochornado. Aún no estaba preparado anímicamente para marcharme de aquel cementerio de libros, pero comprendí  que habíamos pasado tiempo platicando, y que ya había llegado el momento de largarme de allí. Dimos un apretón de manos como viejos amigos y después me acompañó hasta la puerta...........(suite)




sábado, 5 de noviembre de 2011

La voz de Sara
“Su voz era como abrazarla”
                                                                         Cesare Pavese

Me exasperan las mujeres que hablan mucho, que no se cansan de tanto hablar. Pero en esa ocasión, mientras Sara me hablaba del dueño de la biblioteca, deseé que no parase de hablar. Tenía una voz realmente muy tierna, suave y dulce. Yo no estaba oyendo a nadie más que a Sara, reconozco que me gustaba escucharla, y si he de ser sincero, hubiese deseado grabar aquella primera conversación que tuvimos.
     
      Recuerdo una vez mi amigo Farfán me había dicho que la causa principal de la apreciación de los cuadros de pintura, era la firma del autor, y no era el cuadro en sí. Ahora me doy cuenta de que la voz de Sara yo la había firmado y apreciado a la vez, por lo que me hace estar convencido de que el juicio estético no es falaz.
    
       Eran las siete y cuarto cuando llegamos a Tánger, estaba lloviendo de una manera agradable y hacía un frío horrible. Salimos de la estación, aún estaba amaneciendo, a medida que nos acercábamos Sara y  yo a una tienda donde vendían periódicos un aire fresco nos azotaba la cara. A lo lejos la punta del muelle aparecía muy azul, las gaviotas volaban muy cerca de la superficie del mediterráneo acompañando los barcos de pesca, las calles de Tánger manifestaban un aspecto muy pintoresco. Bueno, para un poeta, un compositor de música,  un artista, esta ciudad es una fuente de inspiración, es un espacio estimulante para la creación, en general, es una ciudad admirable. Sin embargo, precisamente, en ese momento yo no necesitaba todo ese espectáculo hermoso para que me  estimulase los sentimientos, tenía a Sara a mi lado y eso me bastaba. Nos caminábamos codo a codo, ella hablaba, yo callado. Os repito por segunda vez que me gusta oír su voz, me fascina demasiado, o a lo mejor me enamoré de su voz, Sí, ¿por qué no? A decir verdad, oír su voz era un espectáculo tres veces hermoso que el ambiente de Tánger.

      Sara me había invitado a desayunar juntos en una cafetería en el muelle, justo cuando atravesamos la plaza mayor,-asentí sonriendo sin decir nada, y me alegré mucho porque iba a estar más tiempo oyendo a Sara, sí, sólo a Sara. Antes de entrar en la cafetería “la estrella del mar” ése creo era su nombre, me quedé unos momentos contemplando la costa, los marineros, los barcos, la tranquilidad del mar; todo eso formaba una escena maravillosa. Cuando volteé para ver a Sara, la vi dentro observándome, Ya había ocupado una mesa que exhibía un blanquísimo mantel. Sara pidió un zumo de naranja y un cruasán de chocolate chiquitito, y a mí le dije al camarero que me sirviese café con leche, tostada con mermelada y un cruasán relleno de quiso con laminas de almendra por encima. Yo tenía hambre porque durante el viaje no había comido nada. El desayuno resultó ideal, fue muy rápido, quizá yo no sentí el tiempo. Mientras  desayunábamos Sara me había contado ciertos episodios de su infancia, su teoría sobre la vida y su éxito en el trabajo. Me ha aparecido muy afortunada, claro, omitió cosas que se podían haber contado, la verdad yo quería hacerle muchas preguntas en ese momento, luego pensé que no era oportuno.

      A las nueve y media, Sara me dijo que necesitaba descansar unas horas antes de empezar su tarea. –sí, claro le dije, entonces pagué y salimos a buscar algún hotel cerca. Fuera el viento muy fuerte, había empezado a nevar, el mediterráneo tuvo un carácter violento, mucha mar, los barcos se balanceaban de un modo terrible, las olas se levantaban altas golpeándose con las rocas, Le susurré a Sara- ya saldrá el sol y se calmará el mar. Ella me observó con una sonrisa muy agradable. Apenas nos caminamos unos cincuenta metros, encontramos un hotel donde se instaló Sara y  yo me fue a buscar la casa del hombre que vendía su biblioteca.

      Ismael Bellí era un viejo judío con aspecto clásico, hablaba despacito, tenía una casa muy bonita que daba al mar, la había construido él mismo  en los años setenta, cuando aún todo era barato y no costaba nada, ni para construir un castillo. En los años setenta la gente era modesta, se contentaba con las mínimas cosas y comodidades para subsistir, pero contenta, había mucha tierra abandonada, y eran pocos los que aspiraban ser propietarios. La gente era generosa, tolerante, caritativa, prueba de ello es que hace un par de años mi abuela materna me había contado que en los años sesenta, un alcalde de un pueblo era amigo de mi difunto abuelo, ése le propuso que se hiciese dueño de un terreno bastante grande, casi más de cinco kilómetros cuadrados. Desgraciadamente, ¡mi abuelo que en paz descanse! Le había contestado literalmente “hombree…qué voy a hacer con ese terreno” que no le interesaba. ¿Es una estupidez, no? Pero en aquella época no era una idea estúpida. A mi perecer, la única explicación posible es que la vida era sencilla, no como ahora, todos deseamos fanáticamente tener mucho, todos pensamos igual cuando se trata de poseer, tener o ser dueño de algo. ¡Dios!, esto muestra hasta qué punto somos materialistas y egoístas, sí, somos absolutamente egoístas. En realidad me siento tremendamente irritado cando me pongo a reflexionar sobre esas malditas cosas de ese tipo.

      Bueno, llamé a la puerta tres veces y nadie me había contestado, la casa aparecía abandonada, pensé que no había nadie. Cuando ya me iba a marchar se abrió la puerta, y apareció ante mis ojos Ismael Bellí. Me preguntó si venía por la biblioteca, no le dejé terminar, -Sí, le interrumpí, -entonces pasa, me rogó. Entramos, abrí mis ojos y me encontré en un cementerio de los libros.  ………(suite)

sábado, 29 de octubre de 2011


Sara y Don Bartoche

-¿De hecho vas a Tánger por la biblioteca que vende Ismael Bellí? Preguntó Sara con una voz tierna y serena. Don Bartoche la miró con una media sonrisa que no significaba nada, y dio un trago con detenimiento a la botella de agua mineral, luego sonrió abiertamente tensando casi todos los músculos de su cara, digo casi, por falta de seguridad de que veinticuatro músculos de su cara, todos se hayan puesto tensos. Por fin, contestó –sí. Don Bartoche sabía que la chica había oído todo lo que decía a su amigo farfán por teléfono móvil, y no era necesario preguntarle cómo lo supo.
-¿Eres profesor no? Volvió a preguntar Sara insistiendo en entablar una conversación para romper el silencio que se extendía en el compartimento del tren. Don Bartoche tardó en contestar, luego,  dijo procurando que su tono fuera lento.-Los profesores ya no leen, soy viajero.
         Don bartoche no era de las personas que hablaban clara y abiertamente, siempre se tomaba tiempo para pensar y repensar antes de responder cuando le hacían preguntas sobre su persona o sobre cualquier cosa. Sara guardó silencio, supongo que debió de entender que se encontraba con un extraño hombre, cínico y amargado. La verdad es que la impresión que le había  causado su respuesta no era óptima, y eso despertó en ella la curiosidad de analizar prematuramente a un hombre del que no sabía absolutamente nada, y con el que apenas había intercambiado unas palabras durante una conversación que apenas había empezado entre ambos en aquel vagón de segunda clase de aquel tren.
         Don Bartoche levantó las solapas de su abrigo intentando cubrirse el cuello hasta las orejas, porque un aire frío intenso ya había empezado a notarse dentro. Ha recordado que Sara había mencionado el nombre del  dueño de la supuesta biblioteca, Por lo que le hizo salir de su habitual mutis.
-Perdón, ¿conoces a este hombre que vende su biblioteca? Preguntó Don Bartoche curiosamente.
-Sí, lo conozco personalmente. Soy periodista y esto me posibilita conocer a mucha gente, claro, en eventos sociales, políticos, culturales...etc. Mi trabajo consiste en correr tras las noticias frescas, y por lo mismo hago este viaje a Tánger. Mañana van a inaugurar el nuevo gran puerto marroquí que se erige entre dos naciones y entre dos mares. Un puerto bastante grande donde es posible mover más de ocho millones de contenedores comerciales e industriales. Yo tengo que estar allí para realizar algunas entrevistas con algunos responsables sobre la administración general del puerto, y también a otros que se habían encargado de la construcción de ese puerto. Dijo Sara con una sonrisa que se diseñaba en sus mejillas, no se sabía si era de bondad o de orgullo. Don Bartoche se dio cuenta de que a Sara le gustaba hablar mucho, todos sabemos que a las mujeres les gusta hablar mucho, incluso cuando les van las emociones fuertecillas. Las mujeres consiguen fácilmente amigos por donde quieran, por la simpatía y el buen humor que muestran. Cuando aparecen en tu vida la llenan de alegría y amor, y te brindan su apoyo incondicional, pero son capaces también de hacerte triste, son capaces de enseñarte la otra cara que suele estar oculta.  La verdad es que no es razonable dejarse llevar por las emociones y sentimientos en cualquier momento, y en cualquiera circunstancia, eso es una debilidad emocional, y nunca ha sido una muestra de la fuerza de las emociones, cosa que sucede mucho a los hombres. Uno debe controlarse bien sus emociones para no hacerse ilusiones de cosas que no son tal como se ven,  y luego se pone a lamentar su mala suerte. Bueno, repito que a Sara le gustaba hablar mucho, sin embargo, Don Bartoche no lo veía como una mejor actividad, pero vio que era oportuno pedirle a la chica que le hablase de aquel hombre que pretendía conocerlo en persona.
-¿Si no te importa podrías hablarme un poco del vendedor de la biblioteca, para hacerme la idea de con quien voy a tratar? Preguntó Don Bartoche serenamente.
-Sí, por qué no, replicó Sara mostrando sus perlas blanquísimas que lucían de su boca.
         Había comentado Sara que en noviembre del año pasado, justo, después de la fiesta del cordero, el profesor con el que ella desarrollaba su tesis doctoral, la había invitado a una exposición de las fotografías sobre la arquitectura andalusí que se celebraba en la ciudad (roja)  Marrakech. En una sala   muy grande de cuya pintura fascinante y luces suaves, había profesores, pintores, artesanos, periodistas y gente apasionada a la pintura que asistieron a ese evento. Todos estaban examinando con sus ojos aquellos cuadros que parecían pertenecer a una edad remota. La exposición se centraba en la época de la existencia de los musulmanes en la Península Ibérica  durante la edad media,  a lo largo de ocho siglos. En el fondo de aquella sala de exposición estaba Sara parada ante un cuadro  donde aparecía el castillo del Alhambra, una palabra de origen árabe que significa castillo rojo, fue  adaptada al castellano. Sara se quedó mirando insistentemente el castillo rojo con sus jardines, las puertas, las torres, las murallas que habían dejado los bisabuelos de sus bisabuelos en Granada. Acto seguido, se presentó un hombre viejo y se paró también ante el cuadro, miró unos segundos, murmuró para sí unas palabras  mientras se fijaba en aquel cuadro cuya belleza y armonía de sus colores no querría olvidar. Entonces el viejo se retiró y Sara no pudo descifrar el enunciado que había pronunciado él. No lo conocía, y tampoco le importaba lo que dijo, debió de haberse dicho Sara para sí. Después de haber dado una vuelta por la sala grande de la exposición, vio a este viejo junto a su profesor conversando, entonces, se acercó y tomó parte en la conversación. Fue cuando su profesor se lo había presentado a ella, dijo que se llama Ismael Bellí, un catedrático que se había jubilado hace diecisiete años. Era bajito, bien parecido, llevaba una boina de color gris y unos lentes con un diseño clásico, vestido con ropa invernal, debió de tener unos setenta y siete años. Parecía culto, sabio amable, y de buena gente.
         Don Bartoche se notaba conmovido por todos los detalles que le había contado Sara sobre el viejo. A decir verdad, los modales y los gestos de Sara mientras hablaba, era tremendamente adorable, una preciosidad, no era lo que se dice guapa, era sumamente encantadora e inteligente.
         Esa emoción provocada, le causó a Don Bartoche una enorme sorpresa que le ha arruinado totalmente el dominio de sí mismo y de su sentimentalismo………… (Suite)