jueves, 18 de julio de 2013

Itinerarios de Abdul 


Mi primer encuentro con Leyla


     ....Mientras hacía el equipaje, se me vinieron a la mente unos recuerdos me deprimieron un poco. Cerré la puerta, eché la llave  al bolsillo, y me salí. No se oía pasar ningún coche, hasta la calle estaba deprimente. No me acordaba exactamente de qué hora era, pero debían ser las dos de la madrugada. Como ya era muy tarde para encontrar un taxi, decidí ir andando hasta la estación. Hacía un calor sofocante.
      
         Cuando llegué a la estación, y por suerte, el tren estaba por salir, no tuve que esperar ni un minuto, apenas pude comprar mi billete y  subí a un vagón que iba prácticamente vacío, las ventanas estaban oscuras. Me dejé  mecer por el movimiento del tren y me adormecí deseando encontrarme a la orilla del mar o en algún pueblecito pequeño, retraído, de esos antiguos caserones de piedra pintados de azul donde uno podría encontrar unos grabados pálidos que representan arte prerrománico o primitivas  batallas del siglo V, las colinas tan verdes y la tierra tan roja hacen un contraste agradable a la vista. Les reconozco que doy una importancia extraordinaria a estos detalles sencillos de mi supuesto mundo.
      
         Abriendo los ojos, miré detenidamente a un señor sentado frente a mí, un hombre moreno, erguido el busto, ojos grandes, su mirada era cruel, con trazas de minero, pero la imagen reflejada presentaba un aspecto militar. Acompañado de una vieja cuyo cabello cubierto con un pañuelo  descolorado lo que producía una impresión de tristeza. Debían de haber subido al tren cuando yo estaba durmiendo, y se instalaron en el mismo vagón que yo ocupaba. Cuando viajo en tren es un fastidio compartir el carruaje con otros viajeros, me gusta ir solo, no sé por qué, y no tengo ganas de contarles la historia de mi vida, pero lo que quiero decir es que ir en un vagón abarrotado de viajeros significa la falta de confort, es lo más desagradable que hay. Además, esos trenes de líneas secundarias avanzan con una lentitud más propia de caracol. De pronto el hombre sacó una caja de tabaco de la maleta que tenía en medio del pasillo, entonces se encendió un cigarrillo y se puso a fumar, aspiraba el humo y lo tragaba con ansia como suelen hacer los protagonistas de las películas de convoy. En ese momento llegó el revisor a pedir el billete, sacudió la portezuela, al entrar se tropezó con la maleta y  dijo secamente  con un tono de fastidio, -Señor, ¡por favor, apague!, en este vagón no se puede fumar- La verdad, el olor era horrible, no se sabía si se fumaba o se suicidaba. En el fondo deseé cerrar mis ojos y volver a abrirlos y no ver a ese hombre plantado ahí, -¡Qué  demonios!- dije.
        
         El tren se detuvo en una estación, la vieja se levantó penosamente, guiñando los ojos, la apoyó él y bajaron silenciosamente. A través de  la ventana se divisaba un grupo de personas esperando, tras de ellos estaban los mozos de las maletas, otros apilaban maletas de cuero sobre un coche tan estupendo que debía costar mucho dinero, desde su interior aparecía una dama burgués que se maquillaba, y ajustando sus guantes se alejó el coche. Reflexionando, el mundo me parecía muy extraño y con mucha discordancia.
      
         En el instante en que el tren iba a ponerse en marcha, se abrió la puerta, una joven entró, con los cabellos echados hacia atrás, y su traje blanco. No pude disimular una exclamación de asombro y admiración. Le ayudé a poner su cofre en su sitio. Amablemente dijo-Gracias- y se sentó a mi lado. Debía tener como veintiséis años, y era muy guapa. De verdad no soy tenorio, pero me encantan las mujeres. Como decía, íbamos sentados uno al lado del otro, cuando de pronto me dijo –Perdona, ¿no es usted que tuvo una entrevista en la televisión hace un par de días? – yo iba leyendo un libro. –Sí, le dije mirando la revista que tenía en sus encantadoras manos. -¿Es escritor?-me preguntó. Tenía una voz muy bonita, de esas que suenan pasmosamente por teléfono. –Sí- le dije


           -¡Qué casualidad! Soy Leyla, dijo la joven mientras me miraba sonriendo, pero sin cursilería, se le notaba que estaba muy emocionada. -Encantado- le respondí, no me presenté, claro, puesto que había visto la entrevista. La verdad, era de lo más agradable. Me hizo algunas preguntas seguidas sobre lo que escribía, después de aquello ya no hablamos mucho, yo reabrí el libro y empecé a leer, y ella se puso a contemplar por la ventana ¡Cuán grande era el campo! No se distinguía casucha alguna a todo lo largo que alcanzaba la vista…




sábado, 8 de diciembre de 2012

Alma en pena 

         Le entregué la carta, antes de terminar la lectura, la rompió en pedazos, se dio vuelta y los fue echando por la calle. Sentí que me faltaba el aire, vacilé unos momentos, hacía un frío terrible, me  metí en el primer coche que encontré. A veces me reprochan mi comportamiento frío y distante. Es cierto, pero yo nunca le he buscado respuesta a esto, lógicamente, porque no me veo sociopático. Bueno, llegué a casa y sin pensarlo mucho me decidí hacer la maleta y viajar

         No sé cómo fue mi viaje, no confío plenamente en mi memoria, temo que me vaya a traicionar… ¿Qué quedaría de mí sin recuerdos?  Bueno, desde la proa del barco observaba el tumulto de la marea, y a medida que se alejaba la nave con un ritmo vertiginoso, comenzaron a encenderse las luces de la ciudad y el tráfico se convirtió en un ambiente bohemio.  Sobre una especie de cadena de hierro, en forma de roca,  cubierta con unos trapos descoloridos, me senté y  apoyé la espalda  contra el mástil, le escribí una carta a Dania, rodeado de instrumentos marítimos, no sé cómo me nacieron las palabras. En todo caso la carta empezó así: 
         
         Comarit, a 11 millas de la costa, navegando sobre 30 nudos

“Como una llama delante de mis ojos quedó la imagen desgarradora de la carta que usted  rompió en pedazos, esparcidos por el suelo… Yo estaba convencido de que usted comprendería mis condiciones, sin embargo, resulta que me tiene por un hombre falso. Ahora, que le escribo esta carta trato de hallar una razón que sea lógica para justificar su actitud que me confunde. Eso no tiene motivo serio de existir, pero existe. Es triste marcharse sin darme siquiera una explicación, pero más triste no saber adónde nos llevarán los momentos decisivos que estamos viviendo, todo aquello que alguna vez fue motivo de comunión entre ambos ya nos está abandonando, abriendo en mi espíritu un hueco, una amarga sensación de angustia. El sentimiento de vacio comienza  cuando las cosas compartidas ya no dispensan aquella sensación de estar reunidos en un mismo anhelo.
         Con esto, creo haber expresado algo de lo que siente un hombre que se halla en un estado moral triste y lamentable”.
                                                      Abdul, alma en pena   
          

         Ya en plena mar, soplaba una fresca brisa, nos empujaba un viento favorable, nuestra velocidad era mayor. Ante mis ojos se ofrecía el romántico espectáculo del aflasto iba cortando las aguas del mar. El barco era  grande, mercantil, por primera vez pude darme cuenta, realmente, de la manera cómo se llevaba el trabajo en el barco, cada cual sabía perfectamente su puesto y sus obligaciones, las obras se hacían disciplinadamente y con mayor seguridad, todo se hacía en medio de un alboroto incesante; el ir y venir de la tripulación me cansaba, yo no estaba acostumbrado a aquel ambiente. Busqué un sitio donde refugiarme de la humedad que me afectaba mucho. De suerte un marinero estaba de guardia me vio escribiendo al pie del mástel, me pidió hacerle unas líneas para su familia, el viejo debió de haber permanecido  meses navegando sin regresar a su casa. Hablando trabé especial amistad con aquel hombre, cuya conversación me fue extremadamente provechosa, llevaba en su cabeza un verdadero libro de anécdotas. Al caer la tarde, justo cuando por fin hubo concluido su turno de vigilancia, me convidó a tomar un café en el bufé de los marineros, ahí fue donde me había contado su historia y cómo se lanzó a  la vida marinera.




sábado, 27 de octubre de 2012

Lo que no puedo



         A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. Apenas pude conciliar el sueño, y a cada paso me despertaba soñando con que me encontraba encima de una losa rodeado por un sinfín de fantasmas, me hacían caras; miradas con ojos ictéricos   y gestos extraños que yo no sabía especificar, quizás expresaban desdén. Me entró un miedo que me paralizaba. Aquellas señales   me dieron muy malas espinas en el corazón confundiendo una impresión de gravedad inusitada  con otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de casa. Desayuné y estuve en mi cuarto leyendo. Aquel día no hizo más que llover.  La soledad me ha ido llevando al puerto, los libros que suelen estar encima de mi mesa cuando escribo son testigo de que no he caído en el lazo de creer  que la época de la juventud es sólo para divertirse y andar suelto por todas parte; son testigos de que mi juventud tiene una limitación. Algunas personas me preguntan- ¿Por qué esa necesidad de ponerte la limitación?- a lo que les contesto que no quiero que mi juventud sea una broma como les pasa a muchos, cuando llegan a la vejez se dan cuenta de que la habían vivido como una broma.

         He intentado varias veces ser como otros y no pude, hacer como los demás y no pude, hablar como ellos pero al último  no me atreví. Así es la vida, no hay la posibilidad de vivir dos destinos a la vez. Hubiera sido más triste siguiendo otro camino.  No tengo nada contra la gente, pero me fastidia ver las calles, las cafeterías, restaurantes, cines y  autobuses repletos de multitudes de gentes y las bibliotecas abandonadas- ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una biblioteca?  Cualquiera necesita darse un espacio de algunos minutos para pensarlo. Tengo un amigo en la biblioteca nacional, siempre voy por ahí y le pido una lista de los nuevos libros, me dice que han dejado de comprar libros porque la gente no ha vuelto a frecuentar mucho la biblioteca como antes. Me produjo cierta melancolía verla empolvada, abandonada, parece que llora por dentro. Salí de ahí y fui paseando, en medio de la calle me paré pensando en lo que ocurría, me dio una impresión de la continuidad de la vida y el acabamiento de aquella biblioteca. 





miércoles, 30 de mayo de 2012

Aventuras de Chavalote XIX


Decimonoveno capítulo: Chavalote y las sospechas pueriles

         Encendió un cigarrillo, lo chupó, contempló unos instantes el jardín, los tejados, el cielo, tiró las cenizas, cruzó sus dedos, ajustó su camisa dentro del pantalón, se pasó la lengua por los labios y entró a la casa. Inés y doña Dolores aún, todavía no han llegado. Se dejó caer en el sofá. Chavalote no pudo destruir para siempre una de las realidades más delicadas de sus vicios, pudo renunciar a la cantidad de botellas que se tomaba diariamente, pero no le convino desprenderse de sus visitas a Danto y las copas que éste le servía. Sintió algo grueso debajo del cojín, movió el cojín y halló un libro, era en francés, miró con atención la portada del libro, el diseño y el título. Chavalote nunca leyó algo en francés, abrió el libro y ahí encontró una foto de Inés con un hombre, pero, cogidos del brazo en la entrada de uno de los hoteles de Paris. Era alto, corpulento, rubio,  pelo amarillo, cara redonda, ojos claros, nariz aguileña y orejas pequeñas, llevaba un traje negro y moderno, en la mano izquierda tenía un reloj de lujo que proyectaba unos rayos suaves de luz. El hombre debió de ser parisiense, precisamente de la clase media porque su rostro inspiraba cortesía, moderación y chulería, pero muy atractivo para perturbar la fantasía de las mujeres. Inés aparecía muy preciosa, muy acaramelada, con un vestido de terciopelo lucía como unas rusas que posaban de forma tan atrevida en la portada de revistas de moda.

         Aquella tarde, Chavalote no recordó si había bebido, ni si estuvo en la taberna, cayó bruscamente en un silencio y sintió que su corazón le pesaba más que en otro tiempo, le sacudió una especie de escalofrío y le poseyeron unos celos inexplicables. Su asombro fue enteramente mudo al ver a Inés a lado de este hombre francés. Otra vez, Chavalote se sintió insignificante, que vivía al margen de la historia debido a la baja autoestima que le produjo la foto, pero, si era ésta la causa ¿cómo se explicaría la razón de estos sentimientos? y ¿cómo podría explicar algo de lo que él mismo no tenía idea? A veces es difícil entender lo que se siente o explicar lo que se siente y no se entiende, e incluso cuando uno carece de experiencia como el caso de Chavalote.

         Bueno, cuando volteó la foto, a Chavalote se le agrandaron los ojos. Estaba escrito un soneto cuyas rimas especulares que daban al poema un rasgo de perfección. Firmado por el propio autor: Gilbert Castle. Durante los meses del primer año que estuvo Inés impartiendo clases en San Sebastián, sucedió que recibió una invitación a un evento que se celebró en la universidad de parís I Pantheón-Sorbonne, ahí, ella se reunió por primera vez con poetas y escritores franceses para hablar de literatura y los nuevos senderos de la literatura juvenil, pues ahí conoció a Gilbert. Él era maestro de filología clásica y escribía en el diario de París, había publicado dos o tres libros de cuentos y una narrativa que le llevó al escenario de los conocidos dejando atrás a sus colegas escritores incógnitos.

          Leyó el poema sin pestañear, afortunadamente no eran versos de amor, todos los detalles del poema indicaban que no era de amor, eran palabras que comunicaban amistad y simpatía, tal vez Gilbert Castle quería expresarle a Inés  la afición y profesión que ambos tenían en común. Sin embargo, nada pudo amansar la inquietud de Chavalote porque el hecho de verlos cogidos del bracete despertó en él mil y una sospechas de pensar que había una relación entre los dos. No diría de noviazgo, ni amores, sino algo más allá de lo que se podría pensar en un estado de perplejidad. Llegó a trazarse un itinerario sin sentido. En todo caso el asunto no le quedó muy claro. De pronto se escuchó las llaves se insertaban en la cerradura de la puerta, advirtió la llegada de Inés y doña Dolores. Cerró torpemente el libro, y lo volvió a meter debajo del cojín.



jueves, 24 de mayo de 2012

Quinda y Milano


Primer capítulo: Quinda y Milano

         Milano se levantó de su sillón y se dirigió hasta donde la princesa, llegó, se quitó la gorra,  y le susurró en sus oídos algo que nadie debió escuchar, aunque se han movido las comisuras de sus labios como el que está pronunciando un poema totalmente romántico, eran palabras que ni el viento era capaz de llevárselas, ni el aire era potente empujarlas a los oídos del público, sí, eran palabras, y de esto todos estaban seguros, pero quién podría descifrarlas o entender el susurro de las comisuras de los labios, sabe Dios qué palabras eran! Acto seguido, ella se puso asombrada, sonrojada, su corazón empezó a acelerar y los latidos a cantar al son de las sensaciones que apenas las entendían los pastores que se habían enamorado de ninfas en prados mansos donde se escuchaba sólo el chorreo de las aguas que nutren de vida la espesura de las hierbas. Volvió a ponerse su boina, la miró sonrientemente, se dio media vuelta, abrió la puerta y salió.

         La princesa se llamaba Quinda, ni era alta ni baja; era de mediana estatura,  pelo oscuro, y de lejos se veía pelirrojo, su piel tenía una blancura de nieve, pero ella era más hermosa, bonita y elegante que Blancanieves,  ojos oscuros y cerraditos que inspiraban paz, cariño y ternura. Era la hija del rey Quintero en cuyo reino nunca se ponía el sol. Dios ha creado muchas cosas bonitas en este planeta, unas han sido vistas, halladas, vividas y otras sólo imaginadas. Habría que meditar y contemplar el universo y ver qué obra tan artística es, esto nos lleva a descubrir ¡qué artista  es el autor de esta obra tan bella y completa!

         Milano era  poeta y hortelano, cultivaba y cuidaba una huerta que fue lo único que le dejó su padre como herencia. Tenía veintitantos años, dedicaba mucho tiempo a su huerta donde había todas clases de flores y de todos colores, silvestres, jazmines, margaritas, orquídeas, rosas, tulipanes, lirios, claveles, violetas, narcisos, iris, anémonas, peonías girasol... Durante la tarde se le veía siempre regando sus plantas que daban un carácter artístico y coherente, era la mejor huerta del pueblo, Milano tenía un conocimiento profesional de jardinería, era el único que tenía la habilidad de salvar las huertas muertas, sabía mil y un trucos para mantenerlas sanas y hacerlas vivas con su magia artística que consistía en tres principios de las que él no podía desprenderse: la paciencia, la emoción y el amor por lo que hacía. Había también un banco de madera donde se sentaba a leer libros y componer poemas. Su casa estilo rústico, el portal bien decorado con plantas que subían verticalmente en las paredes como serpientes inmortales, era una casa muy bien situada…

         La cosa empezó entre Quinda y Milano, aquel día de primavera cuando ella estaba cruzando el pueblo en una carreta de prestigio tirada por cuatro caballos, dos blancos, uno negro y otro castaño. Justo cuando pasaron cerca de la casa de Milano, ella había divisado aquella fabulosa  huerta llena de flores de diversas especies que hechizaban las miradas de todos los observadores. Preguntó a sus criadas por el dueño de dicha huerta, le contaron que era un chico moreno vivía ahí solo, por lo que despertó más curiosidad en ella, e hizo otra pregunta- ¿y quién cuida la huerta? Sonrieron humildemente y respondieron que era el mismo chico. Quinda no entendía muy bien qué casa tan rara tenía Milano. Ella solía vivir en un palacio tan grande y con inmensos jardines donde  se podría realizar corridas de caballos  por eso no captó ver un pequeño paraíso fuera del palacio, le era difícil asimilar que había cosas bonitas fuera del castillo. Realmente se quedó tan pensativa, asombrada y emocionada…

         Mandó parar la carreta, se detuvieron los cuatro caballos y se detuvo la carreta, se abrió la puerta, primero se asomó un rostro blanco, hermoso luego apareció una muchacha, vestida íntegramente de blanco, elegante. Empezó a andar perfecta y lentamente como una reina, algo extraviada, las criadas seguían la escena, habían fijado los ojos en el fondo de la huerta cuya superficie eran flores bailan al son de un aire suave que besaba las mejillas de Quinda. Atravesó la puerta del jardín, entró, se paró en medio de la huerta, miró a su alrededor, extendió sus manos y alzó su mirada hacia el cielo y respiró hondamente. En ese momento salió Milano, se cruzaron las miradas, él la conocía pero ella a él no, sabía que era la princesa, se quedó desconcertado, cogió una flor hermosa  y se la entregó a Quinda y con un gesto humilde la invitó a sentarse. Los dos se habían sentado sobre el banco que estaba al sur de la huerta……….


lunes, 7 de mayo de 2012

Aventuras de Chavalote XVIII


Decimoctava parte: Chavalote en paz
        
         Sacó una navaja afilada y la puso a su lado y extendió las manos sobre el mostrador como un profeta en su tierra. -Sírvame una copa de vino- le dijo al tabernero. Tomó el trago y echó el vaso al suelo, luego pidió otra copa. Al principio, a Chavalote, debió de haberle incomodado la forma en cómo se dirigía ese hombre a Danto, y parecía que se había cruzado con un tipo con aire e indumentaria de lobo de mar y un rostro desagradable que revelaba agresividad. Empezó a sentir una tremenda furia y le dieron ganas de partirle la cabeza al tipo, de repente se le vino  a la mente Inés y doña Dolores y se contuvo. A veces la ira hace que uno a su rival lo vea como una mosca. Debo confesar que no siempre resultan lógicos los comportamientos de la gente, era tan absurdo prevenir la  reacción de Chavalote, antes, metía las narices donde no debía y siempre salía con las suyas. Ahora, Chavalote había encontrado calma, interés, mucho cariño y respeto aunque no perdurables, ni seguros, en la casa de doña Dolores no quería meterse en líos ni problemas que le podrían perturbar la vida; eso indicaba, sencillamente, que tenía algo que perder por eso ahora empezó a pensar mil veces antes de actuar. Cuando uno no tiene nada que peder hace cualquier cosa y no le importa lo que pueda ocurrir ni se toma la molestia de medir las consecuencias, simplemente, porque cree que nada se pierde.

         El tipo era cetrino, facineroso, ojos saltones, grandes, inspiraban peligro y guerra. Tenía el aspecto de asaltante, o de esos soldados que mataban a los inocentes y violaban a la gente civil por ninguna razón; en general, el tipo se encontraba verdaderamente desagradable.
        
         Había un señor gordo, con una camisa negra, rayada y un chaleco blanco, sentado en una mesa hacia la puerta de la taberna. Estaba embriagado y empezó a cantar escandalosamente en francés.
Je bois pour oublier
Et je me sens libre…
Quand je me saoule
       
          No se sabía cuál era el estribillo de esa canción, pero todos se volvieron a mirarlo, y él cantaba cómodo e indiferente, y movía la cabeza en forma de arado de un lado a otro con ojos cerrados. El escenario era bastante cómico. Juanjo y sus amigos se echaron a reír a carcajadas. En ese momento, con un gesto tan rápido se lanzó la navaja hacia el gordo, que se quedó clavada en el centro de la mesa, justo entre una botella vacía y otra medio llena. Y le dijo rudamente ¡cállese bestia!.  Sabe Dios cuántas venas le hubiese roto y estado chillando de dolor si la hoja hubiese cambiado su dirección. El hombre gordo se puso pálido, no entendió nada de lo que ocurría a su alrededor. El público había contemplado entristecido la escena.

         Efectivamente, se confirmó el juicio formado a primera vista. El tipo quería arruinar la taberna y joder a la gente de cualquiera manera, y lo único que buscaba era destruir esa atmósfera de diversión que reinaba en la taberna antes de su llegada. En esto entraron tres policías, uno en forma civil y otros con el uniforme, examinaron con sus miradas los rostros de los que estaban en la taberna. El caso es que buscaban al tipo que al verlos entrar, saltó como un tigre el mostrador atropellando unas copas de vino, y había salido corriendo por la puerta de la trastienda dejando el ambiente en alerta. ¡Imbécil! Murmuró Danto. Chavalote  se había convencido de que el mundo podría estar mejor si la guardia civil velase realmente por la seguridad de los ciudadanos. Se levantó en silencio, pagó y se retiró vuelta a casa de doña Dolores.



martes, 1 de mayo de 2012

Aventuras de Chavalote XVII


La decimoséptima parte: Chavalote y la protesta obrera

         Entró a la taberna, se instaló en el mostrador y pidió tan amablemente a Danto que le sirviese, esta vez; sólo dos copas de Whisky muy frío. Acto seguido, todos se levantaron, algunos alzaron sus copas, unos botellas, otros sombreros y brindaron la llegada de Chavalote. Apenas se alzaron las copas, se escuchó un estrépito diabólico indescriptible del entrechoque de los vasos y hubo derramadas de vino en todas partes; fue como el brindis de los diablos. El espectáculo era bastante emotivo. Como era el primero de mayo, la taberna estuvo demasiado llena de los obreros que se benefician de este día célebre de reposo y de recuperar la consideración de los trabajadores. Se subió Juanjo sobre una mesa que estaba cerca del mostrador y dijo con una voz ronca: -amigos míos, hoy es nuestro día, quiero decir, llegó el día en que debemos salir de nuestro mutis y declararnos rebeldes contra la discriminación, la injusticia que se ejercen sobre los trabajadores. Amigos míos, a nuestra costa los ricos se hacen cada vez más ricos y a la vez nos hacen a nosotros más pobres, ¡que nos declaremos  indignados! En ese momento todos gritaron ¡indignados! Aplaudieron conmovidos, callaron y volvió Juanjo a seguir su discurso citando muy mal a algunos revolucionarios de la historia -Trabajamos de sol al sol a cambio, nos pagan unos centavos que con ellos llevamos una vida de mierda, nos están matando día a día, ¡que nos maten de una vez! Habremos de luchar por nuestra liberación de esta miseria de mierda. Y lanzó ¡Vivan los trabajadores! ¡Viva la justicia! ¡Viva la igualdad! Y todos respondieron lo mismo que Juanjo.  Éste hablaba tan desesperado, compungido como si realmente quisiera sacarlos ahí mismo de ese mundo tan estrecho, atroz y de esa desgracia donde se hallaban viviendo miserablemente. Los que le oían eran gente ramplona, perezosa y le faltaba talento, se dejaba llevar por cualquier cosa bien dicha, bien enunciada; gente que siempre se engañaba y se deja engañar y esto porque nunca razonaba ni tenía ideales.
        
         Cuando hubo terminado el discurso, dio un salto desde la mesa, se sentó en un sillón y tomó unos tragos de aguardiente para recuperar el aliento y mojarse las cuerdas vocales que debieron de estar apretadas, cansadas y secas de tanto hablar y gritar. Un hombre viejo, grueso, vestía íntegramente de negro y llevaba un abrigo descolorado, unas botas cortas, desgastadas parecía que nunca se las quitaba, éste estaba sentado en una esquina, dio un porrazo con el puño en la mesa y murmuró muy disgustado y molesto -¡estupideces! ¡Habladurías! Luego dijo a un amigo suyo que le llamaban El Corte -el mejor de éstos que hablan, es vendido al gobierno- algunos le escucharon, le miraron con ojos rojos e inyectados de ira y se miraban pero nadie le contestó. Este vejo parecía tener el alma envenenada de tanto odio y desconfianza. Eso fue lo único que dijo un tipo raro, alto, con una barriga abultada,  que estuvo aplaudiendo durante toda la protesta que hicieron dentro de la  taberna. Los obreros habían entablado una gran discusión sobre cómo formar un sindicato muy fuerte, fiel y luchador para la defensa de los derechos obreros. Indudablemente había policía secreta que no aparecía por la taberna más que en días en los que se celebraban eventos sociales o políticos.

         Danto descorchó una botella de Whisky y la puso al alcance de Chavalote que miro de reojo a Danto, y le dijo, ¿ésta es para mí? A lo que le respondió el otro, -sí, -pero yo he pedido dos copas, no una botella- le dijo. -Éste, es un día  muy especial y no creo que te contentes con dos copas ni te harán sentir bien y cómodo ni te descansarán la cabeza- le comentó sonrientemente- ¿Pero quién dijo que yo quiero descansarme la cabeza? Yo quiero dos copas muy frías y no más, además, no debo estar aquí mucho tiempo-. Le contestó chavalote con un tono serio y muy decidido. Danto se quedó sorprendido ante la nueva actitud de Chavalote que por lo visto, cambió su estilo grosero, inquieto e insaciable por uno impasivo, grave y serio. Cosa que creó mayor confusión en el pensamiento de Danto y pensó que por haber estado unos días en casa de doña Dolores Chavalote había perdido el entusiasmo por el vino.

         A pesar de tanta oratoria que hizo Juanjo, chavalote no quedó muy convencido, se encogió de hombros y se mostró indiferente ante los argumentos heterogéneos y desordenados que había expuesto Juanjo. Chavalote guiñó un ojo a Danto insinuándole que se acercase a él porque quiso hacerle algunas confidencias, pero un tipo alto y feo que inspiraba maldad  se acercó y se sentó en el mostrador.

sábado, 28 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote XVI


Decimosexta parte: Chavalote en casa de Doña Dolores
        

         Con un gesto torpe y ligero, volvió a meter la carta en el sobre y lo puso entre las páginas, creo, eran cuarentaicuatro y cuarenta y cinco, precisamente donde estuvo, o si quieren donde la reposó Inés antes de mandarla a su amiga Magdalena Soto. Chavalote estaba conmovido, pero en el fondo tenía una preocupación que no le dejó disfrutar de esa ternura que lo pudo llevar, incluso al colmo de la incomodidad escrupulosa y sólo pensaba en cómo reaccionaría y actuaría Inés si supiera que él había violado su privacidad. Poco a poco sintió con mucha confianza el desmoronamiento de esa preocupación que no tenía sentido; cómo sabría Inés que Chavalote se dio con la carta que ella misma había diseñado con esa caligrafía tan suya, tan exótica, encantadora, en cursiva, entre nítida y ordenada.


         La casa de doña Dolores, era cuadrada, su fachada principal miraba a una plaza que ahora es parking.  Lo primero que se veía al entrar, era un retrato muy grande de Las Hilanderas que debió de pertenecer a las obras barrocas, y un cuadro viejo que expresaba la batalla entre el Imperio otomano y Austria  que se terminó con la Paz de Zsitvatorok. Un banco de hierro descolorado por el sol, con una portada barroca, del mismo color del tejado. Era una casa llena de nostalgia e historias, se hallaba muy bien amueblada y decorada. El cuarto de Chavalote era grande y lleno de maletas, trapos, relojes, artefactos, montones de periódicos amarillos por los años y la humedad, que a la primera vista, se entendía claramente que ese cuarto servía para guardar muebles rotos, inútiles o que ya han dejado de usar; cosas estaban por romperse por cualquier toque o movimiento, una cama grande que cada vez, al moverse sobre ella se armaba un estrépito infernal. A través de las ventanas se divisaban el jardín de tierra rojiza, un raso enlosado de piedras, una acera desgastada, plantas de todas clases; arbustos y herbáceas, vivaces, carnívoras; urnas con tapa, trompetas… esa masa verde daba un poco de frescura y amabilidad, en general, al paisaje panorámico de la casa que Chavalote no tenía buenos ojos ni gustos artísticos para notarlo.



         En su nueva vida de hombre débil, delicado, pálido y delgado, a Chavalote, ahora no le gusta pronunciar malas palabras como solía hacer antes en las tabernas y en las callejuelas de Vera y por lo sólido, antipático e imbécil que era, porque le suenan horribles, y las buenas palabras no le salen, simplemente, porque no está acostumbrado a decirlas ni recibirlas de modo que propone arreglárselas para poder entablar buenas conversaciones con Inés y doña Dolores. Chavalote no era hombre retórico ni de discursos pero ya quiere pasar por un hombre de carácter, serio y templado, se ha decidido conocer más detalles sobre el perfil que le ha puesto Inés para sorprenderla y no decepcionarla. Chavalote como era aficionado a al vino, pensó bajar a la calle e ir a la taberna a tomar unas copas de whisky y ver a su amigo Danto, y luego regresar antes de que llegasen Inés y doña Dolores.