sábado, 14 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote VIII


Octava parte: Chavalote e Inés

Vomitaba, sentía la bilis en  la saliva y el dolor de los porrazos en el estómago y en todo el pecho. Lo llevaron a la casa de Dolores Fuertes Delabarriga, lo echaron  sobre la cama, y ahí se quedó tumbado, mucha sangre en la cara de Chavalote, era un verdadero cadáver inmóvil, pero en vida. Ésta era una buena vecina, enfermera, cuidaba a Chavalote y sabía tratar sus heridas. Consideraba que su deber en la vida era prestar ayuda y consuelo a la gente; era partidaria de todo lo que tenía que ver con la solidaridad humana. De la taberna se supo que Piolín Botella, estaba dominado por aquella dama tan burguesa y capitalista parisina. Lo usaba para redactarle cartas románticas que ella mandaba a sus pretendientes que venían a visitarla desde Montpellier, o como se dice en occitano, Montpelhièr no recuerdo bien, me es difícil aprender los nombres de tantas ciudades, repito, era  como si fuese su privado escribano; Piolín era un poeta desconocido, había leído a muchos clásicos y a otros contemporáneos. Se aprendió de memoria cuarenta mil versos de sus poetas predilectos y adquirió mucha habilidad en componer y declamar prodigiosamente  poesías seductoras que llegaban al fondo del corazón. Dolores tenía una hija que era profesora de historia del arte en el instituto de San Sebastián, pero como estaba de vacaciones coincidió con la presencia de Chavalote en la casa de su madre. Se llamaba Inés, era una muchacha muy guapa, cariñosa, simpática, debía de tener veintitantos años, esbelta, rubia y de ojos azules. Ésta tenía el perfil más hermoso que Alicia en el país de las maravillas;  su belleza era divina.
Chavalote por primera vez, en la casa de Dolores, se había sentido un niño, un ser importante que tenía todavía más valor y sentido en la vida, y no un borracho perdido entre la taberna y  callejuelas de Vera, Lo cual le llevó a querer llorar por su suerte. Dolores Le preparaba caldo de verduras, otras veces sopa de hierbas y tazas de té caliente. Gracias a Dios, pudo volver a abrir bien los ojos y probarse que no estaba tirado en cualquier hospital del pueblo.- Siento una gran debilidad y dolor, pero estoy muy a gusto-dijo Chavalote a Dolores. Al atardecer, Inés tenía la costumbre de salir al jardín y ponerse a leer. Leía a Émil Zola, a Duque de Rivas, a Esopo, a Homero, y a otros escritores cuyas obras extensas y divertidas. Chavalote la contemplaba en silencio y paz sin mover la mirada, como se mira un ángel bajando del cielo, sabe Dios, cuánto le emocionaba el paisaje, y cuánto se imaginaba sentado junto a aquel suspirito dulce leyendo y compartiendo sonrisas, sería una fabulosa experiencia para él.

jueves, 12 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote VII


Séptima parte: Chavalote y la contienda

La soledad deja demasiado tiempo libre y hay que ocuparlo en algo. Chavalote ya estaba cansado, se estaba dejando crecer el pelo, la barba, el bigote, las uñas, se estaba dejando crecer sus instintos por el vino.  Soñaba con tener un bar, tener una bodega, estudiar, leer, aprender, con ser intelectual como aquel conferenciante que había estado hablando lógica y correctamente en medio de una partida de ignorantes. Chavalote no sentía bien, algo empezó a cambiar dentro de él; era como un conflicto interno entre dos bandos en que la guerra no estaba a favor de nadie. Su alma se estaba descomponiendo para formarse de nuevo. Chavalote en el fondo estaba buscando algo sin querer, y como no comprendió lo que le sucedía, pensó  que se estaba volviendo loco, tras lo cual se cagó de risa de sí mismo y consideró que, en efecto, debía tomarse de nuevo otra botella de Whisky para que se le despejase la mente.
La taberna estaba copada por gentes adictas al vino, cuya pereza los llevaba a la inutilidad. Chavalote otra vez sentado al mostrador quiso comentarle a Danto lo que sentía y con qué soñaba, pero, de pronto pensó que se  burlarían de él o lo envidiarían, además, nadie estaba autorizado moralmente a participar en una dialéctica aplacable, mientras ellos en la sombra, el mundo andaba patas arriba. Lo que le tenía realmente desgarrado a Chavalote era esa incapacidad de captar el estado de desasosiego, desconcertado en que se encontraba; era como si estuviese a punto de probar por primera vez el cielo de las  buenas intenciones. Se tomaba los tragos cabizbajo, depresivo intentando conectar su pensamiento con la botella y no con el proceso fisiológico cosa que era menester para asimilar bien una parte de sus trastornos que ningún psicoanalista pudo entender.
En ese momento entró disparada una mujer furiosa a la taberna en busca de Piolín Botella, no se sabía si era esposo, novio o amante suyo. Bueno, abrió la puerta violentamente sin importarle que ésta pudiese estallarse contra la pared, lanzó una mirada asesina a Piolín que se quedó de piedra,  éste estaba sentado en un taburete junto a la portezuela de la trastienda., se levantó de un salto,  cogió su abrigo y se marchó obedientísimo con aquella burguesa dama. Pero antes, Le gritó Danto- ¿Qué tipo de mujer es usted, que no entiende que estaba a punto de romper la puerta de nuestra taberna? Ésta lo miró con desprecio y le estiró dos billetes de cien euros -llévatelos ahí están- le contestó. Chavalote era un tipo de hombres que no se aguantaba ver a un hombre humillado por mujeres le dijo a Danto- da el poder a las mujeres y verás la auténtica tiranía- y le espetó- ¿pero qué mierda se cree usted?  La mujer estaba acompañada de un hombre alto, gordo, fuerte y con una cara bastante seria que por su actuación se entendió claramente que era su bodyguard.
Éste agarró a Chavalote por las solapas de la americana y lo zarandeó contra el mostrador rudamente, cayeron tres botellas de Whisky y se armó un ruido de gritos  ¡Olé!, hasta la gente que estuvo embriagada se despertó asustada en medio de un ambiente tan horroroso. El interés y el espanto sobrecogió a los espectadores, y todos se acercaron a las paredes para dejar sitio a los contendientes. Danto quería intervenir para salvar a Chavalote de las manos de ese Kingkong,  pero, esté lo tenía apoyado en el mostrador y recibía a patadas a todo el que se le ocurría acercarse. Uno de los golpes del Bodyguard rasgó las narices de Chavalote que se quedó tirado en el suelo, inerte y sangraba.
En las caras se reflejaba un terror espantoso y reinaba un silencio angustioso sepulcral. Se abrió la puerta de la taberna, salió la mujer, Piolín y luego el bodyguard como si no hubiese ocurrido nada en el mundo.

lunes, 9 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote VI


Sexta parte: La infancia de Chavalote
         
         Eran las siete y cuarto de la mañana, el cielo estaba nublado, gris, triste; como para llorar. Salió Chavalote de la taberna sin despedirse de Danto cuyo vientre abultado que parecía a punto de estallar. No estaba tan borracho, pero sus ojos lucían muy rojos. Recorrió unas cuantas calles y vio a un grupo de niños esperando el autobús escolar que los llevaría al colegio, todos tenían el típico aspecto atildado, sus uniformes eran idénticos, pero sus zapatos manifestaban cierta libertad individual. Inspiraban esperanza, paz e inocencia; en dos palabras; eran almas de una  futura sociedad.
         Chavalote se sentó en un banco en la acera de la avenida y se quedó mirando fijamente a los niños, le inundó una melancolía inexplicable y empezó a latirle el corazón mucho más fuerte. Era la primera vez que sentía tener un corazón y que estaba en función. Cruzó las manos y apretó ferozmente, con la cabeza caída y en profundo silencio, tenso y temblaba. Se acordó de su infancia.
         No había tenido la suerte de recibir la misma educación que cualquier niño. Chavalote no conoció lo que era una educación delicada, cariño, amor y consentimiento, nada de estas cosas elementales y básicas de las que deberían disponer todos los niños, ni tenía a quien le pasara la mano sobre la cabeza. Nació huérfano. Vivió en el campo con unos parientes suyos colaterales, no lo cuidaban, y lo consideraban como si fuese una cosa o un trapo tirado en la casa. Lo mantuvieron sólo para que no se quedase en la calle. A los doce años tuvo que trabajar para sobrevivir,  a veces era aguatero y otras veces trabajaba en la tierra y así hacía todo lo que era menester para ganarse unos centavos que al fin y al cabo llegaban al bolsillo de sus parientes que lo mantenían. Sus penas eran infinitas, repito, vivía en plena crueldad y eran momentos difíciles en la vida de un niño a la que se aplicaba toda clase de abuso e injusticia. Ha engordado el hombre, ha engordado la mujer, todos los miembros de la casa engordaban, y él cada vez delgadísimo; trabajaba mucho y comía poco, dormía tarde y lo despertaban temprano, los niños iban a la escuela y a él lo mandaban al campo a recoger leña.  Bueno, si hubiese escrito su infancia en un cuaderno, pues, no hubiese resistido tanta inmundicia sin que se pudriesen  las  páginas.
         Sucedió que un día por culpa de Chavalote murió una oveja,  el amo de casa  se puso furioso y le dio una paliza que duró quince minutos, eran sumamente ochenta golpes; entre bofetadas, tortazos, y golpes con un palo de escoba. Chavalote, gritaba llorando, juraba y rejuraba que no era él quien la mató, pero inútil, lo dejó bien molido. El día siguiente se escapó, y andaba cerca de dos meses de pueblo en pueblo, pasaba de todo, bueno y malo, dormía en los pajares y al raso, hasta que se encontró con una persona que recogía chatarra y todo tipo de metales, pues, se fue con él, dale que dale hasta que llegó a Vera.
Un camión iba rápido, tuvo que evitar un choque, frenó repentinamente y dio unos cláxones muy fuertes, entonces Chavalote se despertó espantosamente, eran las once de la mañana, se movió del balcón donde estuvo durmiendo y volvió a la taberna, entró, y otra vez se sentó al mostrador, pidió a Danto que le sirviese dos botellas de whisky. 

domingo, 8 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote V


La quinta parte: Chavalote y las botellas

         Chavalote nunca se había enamorado en su vida, nunca se fijaba en las mujeres, no tenían importancia en su vida. ¡Las mujeres! ¡Las mujeres! Cada vez que oía hablar de las mujeres, las mandaba a  la mierda y anunciaba que el mundo fue y es una porquería cuando el hombre centra todo su cerebro y pensamiento en la mujer, y que uno es poquita cosa cuando concede su vida a una mujer a apoderarse de ella. ¡Eso es tiranía! Decía tomándose tragos de Whisky. – No, no es cierto, las mujeres nacieron para alegrar nuestra vida, en ellas buscamos algo que nos falta como nosotros a ellas también, sin mujeres no habrá vida amigo- le respondía Danto desde la trastienda limpiando los vasos en que servía licores.
Chavalote pegó un porrazo con el puño sobre el mostrador y como era de mármol, pues el puño quedó satisfecho ¡Puras Majaderías y cuentos de hadas! Ésta es la que me completa a mí, sin condiciones, sin necesidad de expresarme, ésta es la que me entiende a mí y me vuelve loco cuando me la tomo. Gritaba Chavalote enseñando la botella de whisky que tenía en la mano. Todos los clientes, borrachos, vagabundos, trasnochadores rompieron riendo a carcajadas.

         Había en la taberna un hombre que estaba sentado en la mesa de la esquina, era bajito, de aspecto extraño pero tranquilo, miró a todos y dijo decentemente que a las mujeres se las llevaron la vida moderna y la liberación, y tristemente, ellas ni siquiera saben adónde se conducen. Es muy difícil encontrar a una auténtica mujer, pero, para el adorno sí, las hay  muchas-añadió. El hombre parecía explicarse un fracaso social; a cada frase citaba a Nietzsche y Schopenhauer. En ese momento, en la taberna dejó de oírse el entrechoque de los vasos y reinaba un tremendo un silencio, todo el público lo estaba escuchando atentamente. Chavalote se levantó del mostrador donde estuvo, se dirigió hacia ese hombre, en su camino agarró sillón y se sentó a la mesa del conferenciante, cerró los ojos y se dio unos tragos de Whisky y le dijo- tú serás mi amigo a partir de hoy- después de haber clavado la botella en el centro de la mesa.

sábado, 7 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote IV


Cuarta parte: Chavalote en la batalla de Trebia
        
         Chavalote era alto, medía casi dos metros y calzaba zapatos que no se encuentran en el mercado común de los hombres, era fornido, moreno, tenía el pelo oscuro sin forma, su barba era grande y negra, era borracho y por más que bebía nunca le salió la barriga. Siempre pensaba que la vida no tenía mucha razón de ser, cosa que nadie llegó a comprender, solo él sabía la justificación de su propio lema. Lo más asombroso de todo el episodio de Chavalote, fue lo mucho que duró la curiosidad que había provocado su sorpresivamente ausencia en las callejuelas de Vera; se inventaron rumores maliciosos y chismes que hicieron de él un personaje bastante fuera de lo común. Se contó que un productor de cine necesitaba alguien que representase la figura de un soldado fuerte sangrando en plena batalla de Trebia que sucedió en el año 219 a.C. cuando el general Cartaginés Aníbal Barca emprendió una campaña militar contra la república de Roma partiendo de Qart Hadacht con unos cuarenta mil soldados y decenas de de elefantes de guerra. Bueno, Chavalote se ofreció muy entusiasmado para representar la escena. El caso es que él no sabía que se arriesgaría porque el productor quería hacer la película como si hubiese sido real. Vamos, lo invistieron de solado y le comentaron que iba a  tenderse en el suelo y  pasarían por encima  de él diez caballos y un elefante. Admitió y se manifestó muy valiente, entonces se realizaron los preparativos,  sin embargo, justo en el momento cuando partieron los caballos, él se levanto y huyó corriendo hacia el sur profiriendo  toda clase de palabras soeces. Dijo muy molesto el productor de cine-lo habíamos perdido todo- pero en un abrir y cerrar de ojos estaban todos riendo.

viernes, 6 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote III


Tercera parte: El chavalotismo

         Muchos pretenden ser psicoanalistas por el solo hecho de haberse leído unos tomos de Freud, creen que  todos  los trastornos tienen alguna relación con el vacío espiritual  y serían como las piedras por las que se cruza un río, pero el caso de Chavalote era excepcional porque ningún método pudo resultar acertado con él. Tendrían que abrirle la cabeza y escuchar atentamente para enterarse de lo que está ocurriendo.
       Se pasa uno la vida buscando la fórmula para ser diferente, distinto a los demás con el fin de ganar la simpatía y el respeto que se merece cualquier caballero digno, sin embargo, Chavalote era distinto y ganó odio, desprecio y llegó a verse como una verdadera bestia. Y aquí vale la pena realmente abrir un paréntesis. El trastorno de Chavalote era la consecuencia de unos problemas de la vida que no se daban al mismo tiempo, de modo que no debía ser objeto de burla porque a todos nos puede suceder. Lo que pasa es que la situación de Chavalote no era francamente tan exagerada, pero ¿quién frenaba las miradas podridas de la gente y el chisme que bordaban las vecinas acerca de tal Chavalote?

         Vamos, un día Chavalote asistió a un funeral en las regiones de Vera, el difunto era la esposa de un médico especializado en la programación nuerolingüística. Lo que resultaba curioso es que Chavalote nunca frecuentaba funerales, más bien debía estarse soplando una botella de whisky en la  taberna de El Matón o Carltón no recuerdo. Bueno, hubo tiempo en que este médico inició unas investigaciones prácticas psicoanalíticas sobre casos extraños de trastornos, y como la fama de Chavalote saltó por todos los rincones del pueblo, éste  le propuso a Chavalote psicoanalizarlo a cambio de dos botellas de Champán por cada sesión.  Rechazó, le dijo tres botellas, -tampoco-añadió Chavalote, dio vuelta y se retiró. El médico se puso asombrado ante la actitud de ese ser tan extravagante. No sabía que se trataba de Whisky porque Chavalote no se tomaba otra cosa que copas de esa clase de vino, cosa tan rara también.  Dos semanas después de la oferta, y justo en el entierro de su esposa vino Chavalote no para darle el pésame, sino para comentarle que había cambiado de opinión, que aceptaría el convenio si las botellas eran de Whisky.  

jueves, 5 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote II


Segunda parte: La desaparición de Chavalote

         He dicho antes que toda la gente del barrio pensaba que Chavalote se había echado al campo. Bueno, como faltaban pocos días para el verano, ya era momento de recoger las aceitunas,  y esto evidentemente indicaba que era tiempo de ganarse unos centavos en los campos de almendros y oliva,  por eso todos supusieron que allá debía de estar Chavalote trabajando duramente de sol a sol para comprarse sus botellas de vino y remediar sus doscientos cincuenta tragos diarios. Agrego que se necesitaba haber preguntado a la vecina del entresuelo para poder saber realmente dónde estaba él debido a que ella fue la única y la última quien le ha visto antes de que se despareciese. A ésta se le llamaba Madame Dolores Fuertes Delabarriga, ése era el apodo que le puso Chavalote desde que se conocieron. Ya habrá ocasiones en que hablaré de eso.
         Gaulle afirmó que el origen histórico de la  locura de Chavalote pudo ser el alcoholismo excesivo que envenena el alma y genera agresividad, a lo que el místico Brokoleche respondió que no le cabía la menor duda de que su carácter ha tenido mucho que ver con su destino y el entorno social. Bastaba haber visto las miradas de temor y odio que le dirigían a Chavalote y se podría deducir por qué él reaccionaba como de costumbre con una conducta de maldad. En realidad nadie nace malo o monstruo, pero malvado se hace. No se podría sentenciar absolutamente el caso de Chavalote sin volver a ver lo que le tocó pasar en medio de ambos espacios tanto psicológico como sociológico de su vida.
         El tabernero había abierto la puerta con toda concha y les había dicho a sus clientes que podían sentarse en sus sillones sin problema alguno, que no estaba Chavalote, hubo risa general, todos se alegraron de eso, se tomaron sus copas, pero la verdad es que era tan misteriosa la desaparición de Chavalote. Hasta ahora se lo preguntan.

miércoles, 4 de abril de 2012

Aventuras de Chavalote I


Primera parte: Chavalote y el mundo de Nubarrones

         Chavalote estaba gritando a las enfermeras que ya no sentía la pierna derecha después de habérsela inyectado, no sabía que pegarse una inyección sucedería eso,  maldecía e insultaba a todo el personal  del hospital. El caso es que intentaban calmarlo, le decían que era normal  el efecto que le había producido la inyección,  sin embargo, él juraba por todos los dioses de Roma y los santos de Grecia vengarse de una vez por todas de aquéllos que lo habían atado en el hospital. Chavalote no era el tipo que podía quedarse quieto una hora sin salir con las suyas, sin joder al mundo. Su caso era el objeto de estudio de muchos investigadores psicoanalistas. Unos decían que era loco, otros creían que era disparatado e imprudente, un doctor especialista en los trastornos infantiles aseguró que Chavalote actuaba como los niños inquietos retrasados, todas esas ideas resultaron equívocas, ninguna era correcta, simplemente, porque según Chavalote, el problema es que sentía que nadie le quería, nadie le entendía, sentía que era un ser odiado por toda la gente, y así él respondía a su manera. Para él  la sociedad era un conjunto de gilipollas y sólo hay nubarrones en este mundo de mierda, solía decir al tabernero que le servía copas de whisky, ése era la única persona que le caía bien entre toda la gente que le rodeaba.
         Una mañana, justo cuando estaba cerrando la puerta del quinto piso donde se albergaba, escuchó a una vecina decir a otra que el padre de Chavalote era ladrón y también lo fueron su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. Esta vez no se armó la bronca porque no estaba borracho, entonces se molestó y dijo indiferentemente: ¿pero qué dice esta vieja, si nunca los conoció? Y aunque hubiesen sido asaltantes de camiones ¡qué diablos importa! Hasta las vecinas le andaban jodiendo por la vida. Ese día el tabernero estaba esperando como siempre la llegada de Chavalote pero no apareció, él nunca se ausentaba, y así corrió la voz de que el Chavalote se echó al campo.